La consciencia de la libertad.

Un manifestante se encara a un policía en protesta contra la Ley Mordaza. Fotografía de archivo.

Me precio de tener una concepción muy laxa e irrestrictiva de la libertad de expresión. Soy de los que estimo que un derecho tan importante como el de decir libremente lo que se piensa no se puede cercenar con facilidad y que tiene que haber argumentos muy poderosos para que se pueda vulnerar a costa de otros derechos. En ese sentido, soy constitucionalista a machamartillo y me niego a que un juez cualquiera con argumentos muy poco sólidos condene a alguien poniendo énfasis en los límites de la libertad de expresión. Casos hay en España en abundancia para rechazar la intervención política y jurídica sobre la utilización del artículo 20 de la Carta Magna.

Por estas razones, rechazo cualquier intromisión legal acerca del pensamiento político de los ciudadanos, por muy incorrecto que sea y me opondré siempre a que se penalice la expresión contraria a lo que se viene en llamar techo de la libertad de expresión, llámese ley mordaza, delito de odio u otro tipo de zarandajas con el que se castiga a los que sólo tienen el derecho al pataleo de la palabra o de la escritura para, en definitiva, evitar que sus puntos de vista circulen entre los españoles.

Las barbaridades que puede decir cada uno sobre sus puntos de vista lo retratan ante los demás, pero no es de recibo que se les penalice por sus tonterías. Lo bueno de la libertad de expresión es que ampara a los fenómenos de la ciencia, a los intelectuales y a los gilipollas sin distinción de raza, credo o religión.

En Alemania cometieron el gravísimo error de incluir en el Código Penal el negacionismo del Holocausto, con el miserable propósito de limpiar su propio culo por la complicidad del país en el genocidio de seis millones de judíos, pero lo que consiguieron fue reparar un crimen con un error político de primera magnitud para no enfadar a Israel. Quienes nieguen que Hitler fue el causante del asesinato de millones de personas gaseándolas en un campo de concentración, sólo demuestra que son unos estúpidos y unos analfabetos (o unos interesados xenófobos) pero no tienen porqué pagar con cárcel por su imbecilidad. En nuestro país, hubo un intento, afortunadamente fracasado, de que el Código Penal admitiera el delito de negacionismo.

El negacionismo, además, fluye en una única dirección. Luchar contra quienes no admiten la existencia de Auschwitz o Mauthausen permite a algunos sacar pecho de su condición de amigos de los sionistas, pero no solventa la necesidad de educar a los escépticos y de enseñar a quien no sabe (o no quiere aprender) que el respeto a los demás no pasa por su exterminio. Claro que hubo un Holocausto en los territorios ocupados por la Alemania nazi, pero también hay en la actualidad un genocidio en Palestina, curiosamente perpetrado por las víctimas del Tercer Reich, sin que sus autores lo asuman por razones económicas y xenófobas. Y hay criminales de guerra que asolaron Irak en base a mentiras e intereses económicos y uno de ellos, para desgracia de España, natural de este país y que presidió el Gobierno, aún miente cada vez que se le recuerda que es un asesino de miles de iraquíes con el engaño como pretexto.

Hay personas que se niegan a creer la muerte de Elvis Presley o la eficacia de las vacunas, sólo porque tienen un nivel intelectual rayando con el encefalograma plano. Iker Casillas, por ejemplo, que fue un gran guardameta de fútbol, se descolgó hace poco con unas declaraciones en las que dudaba de que el hombre hubiera paseado por la Luna, aunque no sé si estas manifestaciones surgieron motu propio del madrileño o es una estrategia publicitaria de Arriaga Asociados. También existen conocidos personajes de la Universidad que siguen pensando que las acusaciones a la Inquisición y los despropósitos del Imperio español son un invento de los extranjeros y una leyenda negra originada por la envidia que damos los que en nuestros dominios no se ponía el sol.

Por mucho que me joda oír a ciudadanos aparentemente normales que la dictadura de Franco fue un avance significativo para España y que el golpe de Estado del gallego cabrón tenía como objetivo salvar la patria de las atrocidades de la República, tengo que aguantarme y permitir que se digan este tipo de barbaridades, porque no deben de tener categoría de delito, sino mera opinión amparada en la libertad de expresión. Otra cosa es que este tipo de frases delaten la falta de cerebro de sus autores. Pero ser tonto aún no se castiga en el Código Penal.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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