Las camisetas del Tercer Mundo.

Niñas trabajando en una fábrica de prendas de Babylon Group en Daca, Bangladés. Fotografía de archivo.

El fenómeno globalizador permite acercar países, medidas contra las mafias e ideas para evitar la discriminación. Tiene ventajas, pero también inconvenientes. Es posible, gracias a la mundialización que se eviten crímenes, delitos y hasta agresiones contra las minorías tanto étnicas como de género y de diversidad sexual. Pero hay todavía mucho camino por recorrer y mucha maleza por desbrozar.

Gracias a la globalización, por ejemplo, se ha logrado evitar el turismo sexual de ciudadanos procedentes de países occidentales a otros en los que los menores de edad son plena mercancía para voraz aprovechamiento de los menos escrupulosos. Si antes era muy difícil conseguir que se castigara a aquellos viajeros a Tailandia que se aprovechaban de niñas y niños menores para efectuar abusos sexuales, la colaboración entre naciones ha dado, afortunadamente, los frutos precisos para que el delincuente pueda ser juzgado también en su propio país.

Si los pederastas pueden ser bloqueados y controlados en los países en los que cometen sus acciones, lo que me parece de perlas, creo que también es absolutamente necesario que se castigue la explotación laboral que muchas empresas efectúan en los países menos desarrollados, aprovechando una legislación mucho más laxa que en Europa y en Estados Unidos y obteniendo beneficios absolutamente criminales.

Esta injusta permisividad que deja a los niños bangladesíes, paquistaníes o de territorios subdesarrollados a merced del capitalismo más salvaje se produce en muchos sectores, pero es en el textil, donde la explotación laboral alcanza cotas más que alarmantes y en los que las multinacionales consiguen impunes beneficios manchados de sangre a costa de vender sus productos con poca inversión y enorme rentabilidad.

En esta etapa en la que las camisetas deportivas son un lujo al alcance de muchas economías, da pena observar como quienes las fabrican, en condiciones infrahumanas, perciben un salario indigno, escaso y trabajan más horas de las que marca cualquier ley por estricta que sea, mientras que los propietarios de las firmas las venden a precios que multiplican exponencialmente su inversión.

En los últimos tiempos, el foco se ha centrado en la multinacional alemana Adidas, gracias a las denuncias de compatriotas y de organizaciones no gubernamentales, pero de estas prácticas despreciables también se aprovechan otras empresas que pasean por todos los países las camisetas del Tercer Mundo que tan baratas les salen y que no les genera ni un gramo de mala conciencia.

Adidas nació hace ya muchos años y su propietario coqueteó miserablemente con el nazismo. Es curioso cómo los criminales de toda la vida salen de rositas de cualquier acción en la que se ven implicados. Las grandes empresas siempre consiguen superar sus miserias, sin que la sociedad les exija responsabilidades y, para más inri, luzca orgullosa el producto de esta sangría tan despreciable.

Va siendo hora de que señalemos con el dedo a quienes utilizan sus recursos para explotar a los más necesitados y que seamos coherentes con los que cometen esta clase de tropelías. Sean empresas españolas o extranjeras, la explotación laboral debe ser penalizada. Por ejemplo, negándonos a comprar las camisetas del Tercer Mundo, hasta que sus empleados cobren salarios dignos de ser considerados tales.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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