Sospecho, siempre sospecho que…

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Carlos Caicoya en el Museo del Pueblo de Asturias de Gijón. Fotografía: Patricia Peláez.
Carlos Caicoya en el Museo del Pueblo de Asturias de Gijón. Fotografía: Patricia Peláez.

Sospecho, siempre sospecho que… entre ellos se hablan. Que se dicen cosas ignominiosas y secretos que jamás encontraré entre sus páginas. Además, también sospecho de sus manifiestas empatías y de sus disimuladas antipatías; de sus indulgencias y sus indiferencias; de sus salidas de tono y de sus afonías sonoras. Recelo de sus aparentes quietudes y de las inhibiciones de mirada fría que me transmiten.

Pero así y todo, los he disfrutado mucho y he descubierto con ellos mundos, voces y paisajes inéditos. Sé que no me han dicho todo lo que saben y, es seguro, que jamás me lo dirán.

Ahí están, vestidos con sus galas de colores y sus cinturas escritas. Estáticos, rígidos, atentos a todos mis movimientos. Los observo sin apenas más luz que la de esta tarde en un casi mayo. Lo hacen con una mezcla de desdén y esperanza. Buscan en mí un atisbo de complicidad hacia su causa. La complicidad del momento donde les devolveré a su estado natural; a su vuelta a la vida plena; a orear sus hojas ahora inertes y oscuras; me esperan con la ansiedad del momento en que anotaré en sus páginas pequeñas reseñas. Suspiran por saber cuándo acompañarán mi mirada de línea a línea. Sueñan con el calor y la ternura de mis manos. Con su descanso una vez hayan sido abiertas sus carnes. Lo haré y lo saben.

Pero sospecho, siempre sospecho que…

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