La cultura entendida como un mundo cuántico

Explorando la conexión entre física cuántica y cultura, descubrimos un mundo de continuas creaciones, transformaciones y conexiones invisibles que invitan a entender la realidad de manera extraordinaria

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Cazadores korowai, pueblo aborigen del sureste de Papúa Occidental. Fotografía: Paul Raffaele.
Cazadores korowai, pueblo aborigen del sureste de Papúa Occidental. Fotografía: Paul Raffaele.

Si en estos momentos hay un desafío para la inteligencia humana este es la física y la mecánica cuántica. En pocos años, los modelos cuánticos serán de uso común. Serán habituales y compresibles. Mientras tanto, el debate tiene al menos forma de un par de preguntas.

Por ejemplo, ¿qué tienen que ver la física y la mecánica cuántica con la cultura? ¿Se cumple aquí el principio de que siempre hay aproximaciones más que evidentes entre aquellas situaciones que aparentemente no lo son?

Me temo que las respuestas a estas cuestiones necesitan mucho más análisis que el de este texto para desvelar algo de esta nueva frontera. Sin embargo, sí que existe una aproximación intuitiva y hasta empírica para comprender que lo cuántico forma parte de nuestras vidas, pues como materia empezamos a habitar en más de un universo, y la cultura no es ajena a este deslizamiento por redes y universos simultáneos.

Recupero una reflexión de Gary Zukav extraída de su libro “La danza de los Maestros del Wu Li” (Plaza & Janés, 1991), para muchos la mejor obra divulgativa de la física cuántica. Zukav señala: «La mecánica cuántica nos enseña que no estamos separados del resto del mundo, como habíamos creído. La física de las partículas nos enseña que el resto del mundo no es algo que permanece ocioso allá afuera. Por el contrario, es un brillante campo o campos de continuas creaciones, de transformaciones simultáneas y también de aniquilamientos y entropías. Las ideas teóricas de la nueva física pueden dar lugar a que se produzcan experiencias extraordinarias cuando son captadas en su totalidad en universos simultáneos».

Si no estamos separados del resto del mundo y actuamos en un campo de continua creación, transformación y hasta de destrucción, la física y la mecánica cuántica nos permite formar parte de experiencias y estructuras extraordinarias cuando estas se crean y son comprendidas en su totalidad.

La cultura tiene mucho de mundo cuántico, pues es un mundo real y simbólico aprehendido de universos aparentemente distintos. Si pasamos de ser objetos como parte de una materia en uno o múltiples espacios a ser fenómenos que coincidentemente actúan en uno o varios espacios simultáneos el modelo cuántico de la cultura se vislumbra como algo posible.

Estamos a punto de comprender cómo las cuestiones simbólicas tienen reglas no visibles entre grupos humanos aparentemente no conectados. Y este es uno de los vórtices más extraordinarios de la cultura.

Cuenta la antropóloga Margaret Mead que en los años que pasó entre las tribus de Papúa Nueva Guinea se encontró de repente con un universo cerrado a su comprensión y muy distinto a su conocimiento de investigadora universitaria norteamericana. Sólo cuando percibió que en el nuevo universo oculto de estos pueblos estaban las claves de sus culturas se dio cuenta de que si no conseguía habitar estos mundos inéditos, despojándose de su rol de académica, jamás aprehendería las complejas reglas de parentesco, el alcance de las estructuras matrilineales o las relaciones intergrupales, el carácter prefigurativo de sus jerarquías y los ecosistemas donde vivían en total aislamiento. Y con un laborioso rito de paso comenzó a discernir el alcance de estas culturas no tan primitivas y formar parte de todas las experiencias y estructuras extraordinarias del núcleo vivo de la tribu, y cómo este puede ser asimilado en su totalidad en más de un universo comparado.

Hoy, esta teoría —llamada en su momento difusionismo cultural— se parece mucho más a un modelo de conocimiento cuántico.

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