Una breve reflexión sobre la creatividad

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Mural de Keith Haring en El Raval, Barcelona. Fotografía: Alberto G. Rovi.
Mural de Keith Haring en El Raval, Barcelona. Fotografía: Alberto G. Rovi.

¿Cuál sería para ti el valor del arte? A mí, me gusta imaginar que su trascendencia es proporcional al peso del alma; aquellos 21 gramos que a principios del siglo XX cuantificara el científico nacido en Massachusetts Duncan MacDougall.

Algo cuasi etéreo pero de excepcional importancia. La creatividad ha de presentarse más como una virtud cualitativa que cuantitativa. Una energía que precisa de un flujo constante y es imprescindible en la vida del ser humano. La cultura como alimento del espíritu. Lo contrario supondría la privación del intercambio de conocimiento en pro de la élite; círculos de banalidad donde la vanguardia de lo vacuo procura restañar miserias y frustraciones calladas.

Dentro del proceso evolutivo, el individuo necesita construir contextos en los que proyectar su yo para así poder establecer relaciones interpersonales que terminen redundando en su propio crecimiento como ser cognitivo. El arte y la cultura constituyen un patrimonio que debería estar —por derecho— al alcance de todos. Pero la creatividad es en general un bien de acceso restringido, secuestrada en la asepsia de los centros o museos-mausoleo.

Los verdaderos espacios del conocimiento son los entornos de lo cotidiano, allí donde transcurre la vida. No hay experiencia más gratificante que callejear bajo el influjo sensorial del devenir. Pasear por aquellos lugares donde el saber flota en el ambiente y cada paso es progreso, desarrollo, crecimiento, prosperidad compartida en una sociedad justa e igualitaria.

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