El recuerdo de algunos hombres buenos

Entre la decadencia del homo œconomicus y la excentricidad de Diógenes, la lucha entre la mecanización patológica y la honestidad cruda revela la paradoja humana: buscamos en la suciedad la autenticidad

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Jean-Léon Gérôme, “Diógenes” (1860).
Jean-Léon Gérôme, “Diógenes” (1860).

A propósito del ocaso gradual del hombre, convertido hoy en un ser patológico hostigado por la mecática, refiero aquí el término homo œconomicus; utilizado en el siglo XIX por los críticos del trabajo de John Stuart Mill. En sus estudios, Stuart Mill proponía una definición de hombre como ser que, de forma inevitable, hace aquello con lo cual puede obtener un mayor número de cosas, comodidades y lujos, siempre con el menor esfuerzo y abnegación física.

El corpus de este materialismo cultural es amplio e incluye teorías sobre la evolución en general; el origen y desarrollo de los roles de género; el origen de la guerra; las relaciones de clases, castas y etnias; el origen de las religiones, etcétera. En contraste, encontramos modelos históricos como el filósofo griego Diógenes de Sínope (412 a. C.), de quien se cuenta que vivía en una tinaja en lugar de una casa y que durante el día caminaba por las calles con un viejo candil encendido diciendo que buscaba hombres (honestos). Sus pertenencias: una túnica, un saco, un bastón y un cuenco, del cual se desprendió al ver a un niño beber con las manos.

En una ocasión, un hombre de poder le invitó a un banquete en su mansión, haciendo hincapié en el hecho de que allí estaba prohibido escupir. Diógenes hizo unas cuantas gárgaras para aclarar su garganta y le escupió directamente a la cara. Alegó que no había encontrado otro lugar más sucio donde poder desahogarse.

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