Para algunos, contra ETA vivíamos mejor

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Santiago Abascal Conde, presidente del partido de extrema derecha VOX. Fotografía de archivo.
Santiago Abascal Conde, presidente del partido de extrema derecha VOX. Fotografía de archivo.

Leyendo las reacciones de ciertos articulistas de la derecha más dura que pululan en las páginas de opinión de nuestros medios de comunicación, da la sensación de que el comando Madrid de ETA está en su momento más álgido y que todos los días las carreteras vascas son testigos del abatimiento de patrullas de la Guardia Civil por parte de pistoleros abertzales. Es curioso que si alguien no conoce la historia de los últimos meses de la organización armada, tenga la percepción de que sus tesis han prosperado, si se limita a leer a estos ensayistas de la nada. Salvo que piense que la lectura habitual de los periódicos es una posverdad más.

Afortunadamente, el fin del terrorismo ha tenido lugar. ETA ha entregado las armas y se ha procedido al fin de las amenazas y las dianas intimidatorias en los portales de algunos ciudadanos. Esto es bueno, no solamente para la mayoría de los españoles sino también para los vascos que han sufrido el rigor de los atentados durante tres decenios e incluso para la propia autora de estos hechos terribles, que ha dado por perdida una batalla invencible que ha ocasionado el sufrimiento de varias generaciones.

Es posible que muchos de los que opinan con vehemencia sobre el fin de ETA preferirían otro escenario más asfixiante para la banda armada, pero para los más afamados expertos en este ámbito la victoria militar era una utopía que no se hubiera producido nunca. Obviamente, ETA jamás doblegaría al Estado, pero no hay indicios de que al revés fuera posible. Sólo quedaba un triunfo de la política por encima de las armas.

Que determinados gurús del articulismo español escriban sus opiniones como si ETA siguiera resistiendo en el santuario de Begoña sólo se explica por su propia obsesión y su odio hacia todo lo que no sea una salida neofranquista al problema, con señalados intereses personales para ello, pero que partidos políticos de la derecha compren estas teorías y las difundan sin importarles ni la objetividad ni la alarma que puedan crear denota una manipulación de la historia ciertamente preocupante.

Bastó que el actual Gobierno, tras la rendición de ETA y la entrega de armas planteara el acercamiento de los presos vascos a su comunidad de origen, para que PP y Ciudadanos, y algún tonto útil que todavía tiene el carné del PSOE montaran en cólera y rechazaran una medida que tiene perfecta cabida en el artículo 25 de la Constitución Española.

Y uno se pregunta, ingenuamente, la razón por la que PP y Ciudadanos se autodefinen como constitucionalistas si no tienen ni puta idea de lo que dice la Constitución. Es más, su oposición al fin de la dispersión de presos no es más que una práctica anticonstitucional que vicia la redacción de la Carta Magna y viola los principios constitucionales.

Resalta, además, el artículo 25 (al igual que lo hace la Ley General Penitenciaria) que el arraigo social de los presos es un elemento fundamental para su reinserción, lo que permite colegir que la dispersión por las cárceles más alejadas del País Vasco no era un castigo a los etarras sino a sus familiares.

Tal es la cuestión que si en su día un grupo parlamentario se planteara recurrir la dispersión de los presos etarras al Tribunal Constitucional, tendría bastantes posibilidades de ser atendido en su demanda (si el TC no fuera en los últimos años el cortijo de Federico Trillo), pero también es comprensible que en plena ofensiva etarra ningún partido se atrevería a encabezar esta apelación y ni Amnistía Internacional ni las ONG de derechos humanos tienen atribuciones para recurrir al Constitucional.

Lo bueno de todo esto es que el terror etarra se ha acabado y ni las histerias de nuestros tertulianos ni el oportunismo de la derecha política van a conseguir que ETA vuelva a las armas, porque esta etapa ha terminado. Sería conveniente que todo el mundo diera esta época por cerrada, aunque estoy convencido de que algunos de nuestros más preclaros neofranquistas aplaudirían con las orejas que las armas volvieran a sonar en Euskal Herria. Y es que para ciertos personajillos, contra ETA vivían mucho mejor.

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