Alfonso XIII, el rey del porno

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Alfonso XIII dando un paseo en su nuevo coche en Beauville, Francia. Fotografía de archivo.
Alfonso XIII dando un paseo en su nuevo coche en Beauville, Francia. Fotografía de archivo.

Como es lógico, a lo largo de la historia, no sólo en la del arte sino también en la de la tecnología, muchos de los avances fueron destinados al goce sexual.

Así ocurre ahora con los primeros robots de apariencia más humana y realista; son los diseñados para esa primaria y primordial función. Y, de hecho, ya hacen de las suyas en los primeros ciber-puticlubs.

Pues bien, el cine en sus comienzos también concibió prontamente el género pornográfico: en principio y dado su alto coste, para exclusivo y privado disfrute de las clases más respetables, virtuosas y pudientes, que lo proyectaban a golpe de manivela (aplíquese el doble sentido), vaya uno a saber en qué orgiásticas bacanales, que ni las más disparatadas aberraciones superarían.

Y dada la pudibunda condición de nuestro católico, fervoroso, procesional y reprimido país, la cinematografía de carne y folleteo aquí tenía un abonado campo de cultivo. Es así introducida merced a la decadente Monarquía borbónica —siempre dando buen ejemplo de aperturismo y vanguardia—, encarnada en un Alfonso XIII tan vividor, expoliador y pichabrava como quien décadas después le sucedería en un trono que tampoco merecería ni aún dignificaría. Por supuesto me refiero a Juan Carlos I.

El yayo de Juancarlitros gozó de una colección privada de cintas pornográficas rodadas a principios de los años 20 del siglo XX por los hermanos Ricardo y Ramón Baños a instancias del Conde de Romanones, según algunas teorías, en célebres prostíbulos valencianos con prostitutas como protagonistas de los sueños calientes del monarca. La Filmoteca Valenciana custodia hoy en sus archivos tres de estas cintas: “El confesor”, “El ministro” y “Consultorio de señoras”.

Y ya puestos, no sería disparatado suponer que alguna sumisa y bien programada ciber-zorrita deambulara hoy haciendo de las suyas por Palacio…

Imaginemos el comentario:

—No come más que lo que yo le meto. Ni engorda. Ni se chiva. No hay que decirle: ¡Pod qué no te callas, Codina! Ja, ja, ja… ¡Oye, que dejó de moverse! ¿Habrá que cambiarle las pilas?

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