¿Qué entendemos por democracia?

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Leones del Congreso de los Diputados, Madrid. Fotografía de archivo.
Leones del Congreso de los Diputados, Madrid. Fotografía de archivo.

Hay en nuestra sociedad una tendencia a valorar la calidad de nuestra democracia en comparación a otras democracias o bien a dictaduras, en especial la franquista.

Hace no mucho tuve una charla con un cubano afincado en Palma que trataba de convencerme de que aquí no tenemos de qué quejarnos porque lo que hay en Cuba es mucho peor. También es habitual encontrarse en conversaciones con personas que vivieron la dictadura franquista y que quieren hacernos ver que la calidad de nuestra democracia es inmejorable. Esto, extrapolado a cualquier otro asunto, es decir que siempre se puede estar peor. Y es obvio que así es, siempre se puede estar peor. Al fin y al cabo es como asegurar que sufrir un atraco no es tan malo porque podría haber mediado agresión o que una violación no es para tanto porque podrían haber matado a la víctima.

La calidad democrática de un país no puede valorarse en comparación a nada sino a sí misma. Y aquí entramos en un terreno ampliamente subjetivo. Hay quien cree —de hecho, son expresiones muy recurrentes— que poder votar o poder decir lo que quieras sin que te maten o ir a la cárcel (esto, en los últimos tiempos, ya no es tanto así…) ya le otorga a una sociedad calidad democrática. Para mí, obviamente, no es suficiente. Hasta ahí podríamos llegar…

La cuestión radica en lo que entiende cada uno por democracia y qué valor le da. Yo tengo un muy alto sentido de la democracia y no creo que sea un término que se ajuste a la realidad de nuestro país. No terminaría hoy de enumerar todas las cuestiones que a mi entender invalidan a España como país democrático. La propia ONU se encarga de recordarnos muchas de ellas año sí y año también. En definitiva, todo se reduce a lo que espera uno de la democracia, de los derechos y libertades, de su país. Si uno se conforma con poco, cualquier cosa vale. Si no es así, será un espíritu crítico y exigirá más. El conformismo tiende, casi siempre, a conducir las cosas a la mediocridad. Y la mediocridad, en términos democráticos, significa mala o nula calidad de vida para gran parte de los habitantes de esa sociedad.

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