Lograr el poder comiendo la sopa boba

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Henry Ramos Allup, Secretario General de Acción Democrática. Fotografía: Miguel Gutiérrez.
Henry Ramos Allup, Secretario General de Acción Democrática. Fotografía: Miguel Gutiérrez.

“La oposición venezolana tiene que ganar las elecciones y dejarse de tantas vainas”. Más o menos con estas palabras se expresaba hace unas semanas un venezolano que participaba en unas jornadas sobre América Latina. Lejos de los postulados bolivarianos, y autocalificándose socialdemócrata, el hombre mostraba su desilusión con la alternativa política de su país y le reprochaba su absoluta desidia para formular un programa atractivo que pudiera dar relevo al actual gobierno de Nicolás Maduro.

Mi interlocutor, pongamos que se llama Sergio y que vive en Venezuela, aunque fuera de los círculos políticos del régimen, fue votante de los gobiernos de Acción Democrática, el alter ego de la derechísima Copei, hasta que se produjo la masacre ordenada por Carlos Andrés Pérez —el presidente de entonces— contra los manifestantes que protestaban por la subida del pan y que costó la vida a 700 personas.

Tras el llamado caracazo, votó por única vez a Hugo Chávez y dejó de hacerlo en los siguientes comicios, aunque no fue a las urnas dada la apatía de la oposición que se negaba a formular una candidatura conjunta e incluso a participar en las elecciones.

Carlos Andrés Pérez fue apartado del partido por sus vínculos con la corrupción y el que fuera amigo de Felipe González (hay que ver con quien se juntaba Isidoro, que también fue muy colega de otro ladrón empedernido, el italiano Bettino Craxi. Dime con quien andas…), y que falleció hace ocho años, dejó la socialdemocracia venezolana como un solar y vía libre al bolivarianismo que arrasó en casi todas las elecciones a las que se presentó. Algunas por incomparecencia de sus adversarios. Pues resulta que este buen hombre, que discrepa de Maduro pero niega que en su país haya una dictadura, lamenta que la oposición sólo quiera llegar al poder sin esfuerzos y sin siquiera ganar unas elecciones y se lo pone difícil a votantes como él. Asegura que lo que pretenden López, Capriles y los críticos con el régimen es comer la sopa boba, que era lo que se daba en la Edad Media en los conventos a los pobres por no hacer nada, y que les saquen las castañas del fuego los estadounidenses con una invasión.

La derecha universal que apoya a los adversarios de Maduro y que exigen la meritocracia para otros, pero no para ellos, comparte las conspiraciones de estos, pero no hace nada, salvo enviarles remesas de dinero para que sigan viviendo como marajás, para que adopten una actitud constructiva. Y afirma que la mayoría de los ciudadanos ya llegó a derrotar a Chávez en una ocasión con la celebración de una consulta popular sobre su reelección.

Desprecia mi interlocutor la estrechez de miras de sus compatriotas opositores que pasan por alto la oportunidad de sumarse a la mediación del expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero (ningún revolucionario profesional, no se vayan a creer ustedes que el personaje es un quintacolumnista del chavismo) y lo peor es que han influido en el exterior para desacreditar una posibilidad de alcanzar el poder. Sólo quieren llegar por él, sin trabajar y repartirse el dinero del petróleo entre los grandes magnates del anterior régimen, pero la situación ha cambiado. Mientras la oposición siga manteniendo esa política de meter mierda por sistema y no cambie de táctica, el bolivarismo seguirá gobernando Venezuela por los siglos (y yo me alegro, le dije. Y creo que en el fondo él no se muestra reacio). Y termina la conversación con un «la derrota de la derecha venezolana no es un problema de que exista dictadura, por mucho que lo repitan mil veces, sino de incompetencia, vanidades y estupidez de sus líderes.»

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