De vuelta a la isla de las orgías

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Activistas de Hot Mess frente al Correccional Metropolitano de Nueva York. Fotografía: Stephanie Keith.
Activistas de Hot Mess frente al Correccional Metropolitano de Nueva York. Fotografía: Stephanie Keith.

Me provoca repulsión la tierra que habito; infecto vergel donde medra una sociedad cuyos valores cotizan en bolsa y la ética se pliega a la estética de la opulencia y la enajenación. «Dejad que los niños se acerquen a mí», dicen que dijo Jesús. Este no es el caso, los pilares de la civilización se derrumbaron hace ya tiempo. ¡Corred chiquillos, corred! ¡Qué hay hombres y mujeres de poder y credo satánico que acechan en la sombra como alimañas! Para estos depredadores, los niños son piezas de caza mayor, adrenocromo para espíritus renegridos. «Debes darme algo para llenar el vacío antes de que explote a chorros.» (Eels, “Novocaína para el alma”)

¡Ding dong, la bruja ha muerto! El 10 de agosto de 2019, el filántropo neoyorquino Jeffrey Epstein se fue. Los sátiros y ménades no podrán regresar más a Little Saint James, aunque en éste nuestro pandemónium siempre existirán paraísos donde entregarse al culto orgiástico de un vesánico Dioniso.

El psicópata financiero celebraba en su particular “Jardín de las delicias” fiestas a las que acudía gente notable como Bill y Hillary Clinton, John Podesta, David Rockefeller, Henry Kissinger, Evelyn Rothschild, Tony Blair, el príncipe Andrés de Inglaterra, el sultán de Brunéi… Así hasta más de mil nombres, recogidos en las 92 páginas que forman el documento “Jeffrey Epstein’s little black book”.

Quizá jamás lleguemos al fondo de la madriguera del conejo Miffy para averiguar qué hay tras la cortina de humo, y enfrentar en consecuencia la depravación del Estado profundo. Errar el blanco desgasta. Aun así, es menester seguir atizando. Quien devora con goce el candor infantil ha de quedar marcado con el número de la Bestia, porque bestia es, una bestia rabiosa. Sólo así, los subyugados conocerán a aquellos que roban la luz de la vida mediante violaciones, pornografía y prostitución. Para los que manejan el mundo, el dinero no es un leitmotiv único: ¡Qué mayor alarde de poder material que arrebatar el hálito vital impunemente! Pero, ¿por qué? Porque pueden.

Ghislaine Maxwell, cooperadora necesaria y depositaria final de las cintas que Epstein grabó de los invitados a sus fiestas, es la pieza clave de la trama de abusos a menores por parte de la élite global. Tras ser detenida el pasado 2 de julio, los secretos de la expareja del despreciable especulador podrían jaquear a la jet set decadente. Mientras, la extrema derecha norteamericana ha activado el protocolo QAnon: movimiento que denuncia una conspiración contra Donald Trump, quien niega a Jeffrey Epstein, a pesar de figurar en su lista negra, y condena la actividad de una red intercontinental de tráfico sexual de niños.

Psicopatía, desorden natural, esoterismo… la perversión polimorfa de la sexualidad diagnosticada por Freud no es cuento, y mucho menos conspiranoia. La pedofilia existe, y es una infecta realidad histórica, potencialmente ligada a la bouffée délirante de Valentin Magnan.

Aprended de la mirada de los más pequeños, porque «lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre». (Jean-Jacques Rousseau)

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