Diego Maradona: la última partida del 10

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Diego Maradona a fines de los años 80, cuando llevó al Nápoles a la victoria. Fotógrafo: Alessandro Sabattini.
Diego Maradona a fines de los años 80, cuando llevó al Nápoles a la victoria. Fotógrafo: Alessandro Sabattini.

Hoy, la red está llena de gente perfecta; sin sombras en su vida. Gente buena y ejemplar que nunca ha cometido error alguno.

Es curioso ver cómo se lapida a las personas porque han fumado un porro, se han metido una raya de coca, han soltado una hostia o insultado a alguien, han ido de putas, comen carne, escupen en el suelo, bajan la mascarilla cuando van por la playa, etcétera.

Si es que… sois todos tan ejemplares, que asombra. Tenéis vidas llenas de luz, y sin apenas sombras. Sois tan admirables y modélicos que asusta.

Pero, ¡ay, amiguis!, luego está el pueblo: esa gente diversa, imperfecta, problemática, contestona, rebelde. Diego era, es y siempre será eso, la imagen viva del pueblo, de un pueblo imperfecto al que llevó alegría. Y alguien sincero que siempre dijo: «Sólo pido que me dejen vivir mi vida, yo nunca quise ser un ejemplo de nada, porque no lo soy.»

El escritor uruguayo Eduardo Galeano decía que había una droga que no salía en los controles antidopaje y que era peor que la cocaína: la “exitoína”. Y Diego, ese Diego al que lapidáis con tanta valentía —e hipocresía, por qué no decirlo—, ese Diego era un perfecto imperfecto, alguien al que el éxito le jugó una mala pasada, alguien que no fue ejemplo en nada. ¿En nada? No. En la cancha fue Dios. Y, si no, que se lo pregunten a la selección de Inglaterra del Mundial de México 86.

«Qué más puedo decir de ese gol. Simplemente esto: lo soñé, lo soñé en Villa Fiorito, lo soñé en los potreros, cuando no tenía ni zapatillas para jugar. Y lo hice en un Mundial, contra los ingleses. Arranqué allá atrás, en mitad de la cancha. Y después encaré, encaré, encaré… y la metí.» (Diego Armando Maradona)

Así que podéis seguir echando bilis por la boca, nada se os da tan bien como criticar. Pero bueno, es lógico, porque todos… sois tan perfectos, ¿verdad?

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