Cuando Francia estornuda…

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Jean-Luc Mélenchon, líder de la plataforma política Francia Insumisa. Fotografía: Emmanuel Dunand.
Jean-Luc Mélenchon, líder de la plataforma política Francia Insumisa. Fotografía: Emmanuel Dunand.

El análisis poselectoral que hizo el periódico mensual francés Le Monde diplomatique de las elecciones presidenciales del pasado mes de abril contenía una alusión a la paradoja que suponía que muchos de los votantes que introducían en la urna el nombre de Emmanuel Macron en la segunda vuelta se habían manifestado en su contra días antes y lo seguirían haciendo en las jornadas posteriores para reclamar medidas de defensa del servicio público. Claro que en el desempate de hace dos meses se dirimía la llegada al Elíseo del presidente Macron o de la representante de la ultraderecha, Marine Le Pen, porque la izquierda había quedado descabalgada y destrozada por unos pobres resultados producto de su división cuasi sempiterna.

Las cosas dieron un giro copernicano en las elecciones legislativas del pasado 19 de junio, porque los partidos de la izquierda sumaron fuerzas y con Jean-Luc Mélenchon a la cabeza arrebataron a Macron la mayoría absoluta; lo que le obliga a negociar, al menos, las leyes, más importantes. Con la experiencia negativa de las presidenciales, el líder de la Francia Insumisa se puso las pilas y mantuvo reuniones con ecologistas y socialistas hasta llegar a un pacto de izquierdas, que era lo que reclamaba la alcaldesa de París, la socialista Anne Hidalgo, y despreció el propio Mélenchon, quizá con demasiada soberbia.

Lo cierto es que, aprendiendo de errores pasados, las fuerzas progresistas francesas le ponen las cosas más difíciles al presidente de la República y tienen la posibilidad de influir de manera clara y contundente en las leyes del país vecino, lo que no hubiera ocurrido sin la unión de las tres patas ideológicas de la izquierda, porque le permitirían el camino expedita a la extrema derecha, que también ascendió notablemente.

Se abre, a partir de ahora, un amplio abanico de reuniones y negociaciones en las que se dirimirán tanto el futuro legislativo del país como un cambio de ciclo en las preferencias de los electores, sin que la contradicción de votar a un presidente que te disgusta ponga en peligro la salud mental de muchos de los galos que prefieren tener un candidato que aspirar a darle su apoyo al mal menor. No se sabe si la experiencia negociadora dará sus frutos, pero es muy probable que las gentes de la izquierda en Francia se lleven más de un alegrón y más de dos.

Contrariamente a lo que ocurrió en las recientes elecciones andaluzas, la experiencia francesa puede ser un acicate para que no vuelva a ocurrir en España la división estéril y absurda de las candidaturas de la izquierda en esa comunidad autónoma, aunque uno no es demasiado optimista acerca de la superación de los egos de determinados políticos, a pesar del tropezón que se pegaron.

Existe un dicho que se remonta a la Revolución francesa de 1789 que reza que cuando Francia estornuda, Europa se resfría, sobre la obvia influencia de los acontecimientos que tuvieron lugar en ese país y el posterior desarrollo en otras naciones del continente. Este catarro de junio en Francia podría (o no) ser un ejemplo para que en el resto de la Unión Europea se tenga en cuenta que cuando más unidas vayan las organizaciones progresistas más posibilidades tienen de obtener beneficios. Si sirve para que algunos se den cuenta de la importancia de las coaliciones, miel sobre hojuelas. Si no…

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