En la imagen, el primer ministro del Reino Unido Boris Johnson. Fotografía: Pippa Fowles.
En la imagen, el primer ministro del Reino Unido Boris Johnson. Fotografía: Pippa Fowles.

Sin ningún propósito de enmienda

9 de julio de 2022
En la imagen, el primer ministro del Reino Unido Boris Johnson. Fotografía: Pippa Fowles.
En la imagen, el primer ministro del Reino Unido Boris Johnson. Fotografía: Pippa Fowles.

«Perdón. Me he equivocado y no volverá a ocurrir. Lo siento.» No, no es el rey emérito de España, sino otro que tal baila: el primer ministro británico Boris Johnson, que utilizó palabras muy similares a los de Juan Carlos I para sacudirse las críticas de toda Gran Bretaña por sus fiestas privadas en el número 10 de Downing Street con alcohol y todos los elementos propicios para una bacanal, cuando todo el país estaba confinado. Por supuesto, al igual que el ex monarca español, Johnson olvidó pronto su arrepentimiento y siguió celebrando farras en su residencia oficial sin ningún propósito de la enmienda, como suplicaba cuando ofrecía disculpas.

La popularidad de este rubio de pelo alborotado está bajo mínimos. No sólo han sido las fiestas y las mentiras que les ha contado a sus conciudadanos, sino que sus decisiones políticas han obtenido casi el máximo rechazo por parte del electorado, hasta el punto de que las encuestas no le otorgan los votos precisos para ser reelegido como líder del Partido Conservador.

Aunque recientemente salvó por los pelos una moción de censura en el Parlamento británico, en el que muchos tories le dieron la espalda, el ciclo político de Boris Johnson parece terminado. No hay movimiento de su gabinete que no cuente con una oposición radical por parte de los votantes del Reino Unido, cansados de la deriva de este hombre que, según sus adversarios, va camino del precipicio.

Johnson está enfrentado con la Unión Europea por su pretensión de revisar el acuerdo de Brexit para conseguir mayores ventajas para los intereses comerciales de Francia. También está peleado con los irlandeses, después de que tratara de sortear los resultados de las últimas elecciones del pasado mes de mayo en el norte del país, que depende administrativamente de Londres, cuando el Sinn Féin —el partido de la izquierda católica— obtuvo por primera vez un triunfo inapelable.

Sus actuaciones en materia migratoria han enfadado a muchos países asiáticos y africanos, sobre todo tras la unilateral decisión de repatriar a Ruanda a miles de inmigrantes, pasándose la ley inglesa por la entrepierna. Sólo una decisión de los jueces ha paralizado, momentáneamente, la deportación por irregularidades en su procedimiento, aunque el primer ministro británico está empeñado en vulnerar los convenios internacionales con tal de no dar su brazo a torcer.

Sus votantes parecen desencantados, pero lo que es peor, las fuerzas vivas del Partido Conservador ya le están buscando relevo para las próximas elecciones, si bien Johnson se resiste y comienza a poner en marcha medidas absolutamente populistas, que los analistas británicos comparan con las de Jair Bolsonaro, en Brasil, o de Donald Trump, en Estados Unidos.

Una de las últimas reacciones a la política tory es la de la Iglesia anglicana, cuya cabeza visible es la reina Isabel II, que ha manifestado su desacuerdo y decepción con las políticas migratorias y que, aunque la influencia de la religión no es tan importante en Reino Unido, la suma de enemigos hechos por deméritos propios, le deja claramente a los pies de los caballos. La única noticia positiva para Boris Johnson es que acaba de ser padre de su segundo hijo, con su segunda mujer, 24 años más joven. Es la erótica del poder.

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