Tiempo de héroes e insensatos

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Retrato de la novelista, ensayista y poeta estadounidense Siri Hustvedt. Fotografía: Herve Bruhat.
Retrato de la novelista, ensayista y poeta estadounidense Siri Hustvedt. Fotografía: Herve Bruhat.

En un programa de los denominados matinales emitían esta mañana la clásica conexión en directo con algún escenario de actualidad. Como podéis imaginar, considerando las fechas que nos ocupan, lo hacían con la enfermería del servicio de urgencias de Pamplona. El punto, con permiso de Las Hurdes, más “caliente” de nuestra geografía.

Hasta ahí nada que objetar. Una, por muy antitaurina que se autoproclame, acaba aceptando que en este país el espectáculo de los toros y su mercadotecnia se sirven, para asombro de quienes no concebimos que en la Europa del XXI se comercialice la tortura, con indecente naturalidad.

A un solo clic de mando a distancia alguien enumera el decálogo de imprudencias que cada verano cometen los jóvenes (y los no tanto). Entre los imprescindibles está: saltar desde un saliente del acantilado al mar, bañarse con bandera roja o alerta por medusas, practicar montañismo careciendo de experiencia, exponerse al sol en las horas más álgidas del día, conservar fuera del frigorífico mahonesa casera, conducir ebrio, drogado o sin cinturón… el dedo me lleva de nuevo a Pamplona para escuchar el tono satisfecho de la reportera celebrando que este año las corredoras suponen un 6% de quienes participan en los encierros y me pregunto si esto es motivo de alegría o desesperación; definitivamente la insensatez no tiene género, concluyo.

¿Acaso la búsqueda de emociones fuertes, de vivir la experiencia, de superar el miedo, de sentirse “mayor”, de perpetuar la tradición, de echarle huevos… que nos sirven para las y los de la fiesta de San Fermín no son las mismas motivaciones que empujan al del acantilado a saltar al agua? ¿Por qué los medios de comunicación se empeñan en dibujarnos a los unos como héroes y a los otros como insensatos pese a su comportamiento análogo?

¿Por qué correr poniendo tu vida en manos de cientos de desconocidos y media docena de toros bravos y astados es un acto de valentía y sin embargo saltar a la playa donde quizás aprendiste a nadar es un acto suicida propio de descerebrados? Que alguien me lo explique porque no lo entiendo.

No me interesa la tauromaquia y sus fiestas satélite, es decir, quisiera ignorarlo. Pero si deseas no saber absolutamente nada de los toros, únicamente te queda la opción de apagar el televisor o coger una semana de vacaciones para irte fuera del planeta. Algo así como tratar de evitar a Belén Esteban; a nadie le interesa pero todos hemos oído hablar de ella y somos capaces de ponerle cara y voz; cosa que no sucede, sin ir más lejos, con la última Princesa de Asturias de las letras. Por ejemplo.

Regreso al matinal del que os hablaba hace un momento… Como la televisión está sin sonido, pues en ese momento leo a Camus (y toda concentración es poca), observo de soslayo la sonrisa de oreja a oreja que ilumina el rostro de la sanitaria a quien interpelan. Así que subo el volumen. Quiero saber qué es eso que al parecer tanta gracia le hace.

La escena es de lo más idílica; tono amable y distendido, argumento y réplica ligeros y parabienes bidireccionales, inusuales para el contexto. La avezada enfermera, con treinta años en su haber, acumula alrededor de cien cornadas. Como quien rememora grandes nevadas o mundiales de fútbol. Y la anécdota aquella en la que los tres toreros de la tarde acabaron “la faena” en sus dependencias.

—Lo que está más de moda —parecía decir—, son los traumatismos y las contusiones —y ¡ji, ji!, y ¡ja, ja!—, aunque en nuestro abultado inventario contamos con cientos de cirugías de diversa magnitud… y muertos, ¡oh, sí!, algunos fallecen. Todo ello con la anuencia de la presentadora y su séquito de contertulios de turno. Si me dicen que se trata de una conexión con el backstage de la Madrid Fashion Week me lo creo.

Mucho se critica la banalidad, el tono frívolo con el que se abordan algunas cuestiones graves y yo me pregunto: ¿Existe algo más grave que la salud de las personas?, ¿algo más serio que su integridad física? ¿Está legitimado el desorbitado gasto médico que este tipo de festejos, repito, festejos, acarrean a los contribuyentes? ¿Qué mensaje estamos lanzando a nuestros jóvenes?, ¿acaso “juégate la vida, pero a ver, únicamente al amparo de las fiestas de interés turístico internacional, que para eso tienes mi bendición como padre y la de toda la sociedad: ¡sé un héroe de los Sanfermines, hijo!”?

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