Colombia se hace grande

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Gustavo Petro jura como primer presidente de izquierdas de Colombia. Fotografía: Juan Barreto.
Gustavo Petro jura como primer presidente de izquierdas de Colombia. Fotografía: Juan Barreto.

Si la espada de Bolívar no impide que veamos el bosque, habrá que convenir que lo más importante de la toma de posesión de Gustavo Petro como nuevo presidente de Colombia es la esperanza que se abre con el mandato de un dirigente de izquierdas, que quiere dar vuelta a una política ultraconservadora de los hasta ahora jefes de Estado de la nación, y su disposición a acabar con el caciquismo, el autoritarismo y el narcotráfico.

La victoria de Gustavo Petro, largamente deseada, coloca por vez primera en la historia de Colombia a un presidente de izquierdas que conoce perfectamente los entresijos de la realidad del país y está dispuesto a poner término a muchas décadas de ominoso poder de la ultraderecha y eso que los amigos de los paramilitares han puesto todos los obstáculos posibles, incluso con amenazas golpistas para que no sucediera.

La ilusión de los colombianos es muy lógica porque han esperado muchísimos años a que alguien hiciera caso de las necesidades de los más vulnerables y pusiera en marcha políticas progresistas en materia agraria, industrial, de servicios y sobre todo de derechos humanos, así como que la firma de los acuerdos con las FARC que se rubricaron en tiempos de Juan Manuel Santos y que el Ejecutivo de Iván Duque trató de boicotear con todas sus fueras y los apoyos de Álvaro Uribe y los paramilitares sea una realidad incontestable.

Con Petro vuelve la esperanza a Colombia, pero también debe de volver la cautela para que las políticas que lleve a cabo puedan tener su efecto sin que nadie les ponga más obstáculos de la cuenta. La izquierda ha llegado al Gobierno, pero hace falta que llegue verdaderamente al poder, que es lo que precisan todos los colombianos, independientemente de su raza y su sexo, para obtener las mejoras que les fueron vedadas desde hace muchos años.

Es evidente que con la toma de posesión de Gustavo Petro Colombia se hace más grande y se suma a la pléyade de naciones que se incorporan al movimiento progresista de Latinoamérica, siguiendo la estela de Cuba, Venezuela, Perú, Bolivia, Chile y parece que muy pronto también Brasil. Se trata de un movimiento homogéneo, aunque cada país tenga sus características, que promueve la dignidad del continente sudamericano y centroamericano, ya que también Honduras con Xiomara Castro forma parte de este núcleo civilizador.

Es el momento de parar los crímenes de los dirigentes sociales que con Uribe y Duque se prodigaron en exceso porque la oligarquía colombiana no quiere que las cosas cambien. En este sentido, el Gobierno de Gustavo Petro tiene que adoptar posiciones contundentes, porque la batalla por la vida de los luchadores es un elemento para confirmar la batalla por la libertad. Colombia confía en Petro y está segura de que no va a defraudar. Los colombianos trabajadores y campesinos saben que el nuevo presidente es su esperanza de vida. En el resto de los mundo las personas de buena voluntad sueñan ilusionadas con el éxito del recientemente nombrado jefe de Estado, porque es el éxito de todos los que creen en la justicia y en la prosperidad.

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