¡Qué solos se quedan los muertos!

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Estatua de Vivant Denon en el cementerio del Père-Lachaise, en París. Fotografía: Roberto Taddeo.
Estatua de Vivant Denon en el cementerio del Père-Lachaise, en París. Fotografía: Roberto Taddeo.

Para el niño que fui, observador y curioso, el Día de los Difuntos era un día especial. Al contrario que a otros niños y niñas de mi edad, me encantaba ir al cementerio. Todo aquel ritual me fascinaba, los preparativos previos, la limpieza de nichos y tumbas, los cirios encendidos, las velas consumiéndose, todo. Con ocho o nueve años cayeron en mis manos las “Rimas y Leyendas” de Bécquer y había quedado impactado. No es necesario explicar que mi generación, a falta de consolas y plataformas televisivas, pocas alternativas de ocio tenía para pasar los inviernos, más allá de la lectura.

«¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!» recitaba el poeta. ¿Sentían los muertos? Me preguntaba yo. ¿Nos observaban? ¿Se removían allí dentro? ¿Querían vernos? ¿Les gustaba nuestra compañía?

Las respuestas a todas esas preguntas, si es que las había, sólo podían llegar el Día de Difuntos, el único día del año en el que a los niños y niñas nos dejaban acercarnos a la muerte.

El cementerio de Cocañín (Asturias), donde tengo a buena parte de los míos, se elevaba (y se eleva) por encima de la carretera de acceso al pueblo. Inhóspito, lúgubre, amenazante y atrayente a la vez. Una enorme puerta metálica, gris, oxidada y chirriante, daba paso a otro mundo, el mundo de los muertos, el de las ausencias y los recuerdos. Los cipreses, los guardianes del camposanto, gemían con cada azote de aquel viento gélido tan propio de las fechas. Allí dentro, la luz perdía fuerza, todo se tornaba oscuro y las voces daban paso a los susurros. Yo, en cuanto se despistaban los mayores, me perdía entre las hileras de nichos, hacía cálculos con las fechas, elucubraba con las fotos, pensaba en cómo podrían haber sido sus vidas y qué les había pasado para estar allí dentro encerrados, eternamente. Cuando encontraba el nicho de un niño o una niña, y siempre asegurándome de que nadie me viera, picaba en el mármol y le preguntaba si estaba ahí. Nunca me contestaron. Total, algún día lo sabría, por donde estaba yo, ya habían pasado ellos. Y a dónde estaban ellos, algún día iría yo, pensaba. Desde la distancia, qué lejana veía la muerte en aquella época y qué frágil veo la vida ahora.

La última vez que le hice preguntas a una lápida, tendría unos quince años, pero mi interés por los cementerios nunca se ha ido, al contrario. París, Londres, Praga, El Cairo, etcétera… He visitado cementerios en todos los rincones del mundo, desprenden un aura que me atrae como un imán. Son la última frontera que separa a vivos y muertos, espacios donde las voces se apagan y hablan los silencios, lugares llenos de magia y misterio.

En la película “The Crow” (Alex Proyas, 1994) —película maldita, por cierto— nos decían que antiguamente la gente creía que cuando alguien moría un cuervo se llevaba su alma a la Tierra de los Muertos.

Pero a veces sucede algo tan horrible que, junto con el alma, el cuervo se lleva su profunda tristeza y el alma no puede descansar. Y a veces, sólo a veces, el cuervo puede traerla de vuelta para enmendar el mal.

Hace escasas fechas, una persona muy especial para mí, dueña de una sensibilidad fuera de lo común, se iba de viaje a París. Al saberlo, le recomendé visitar la tumba de Jim Morrison, en el impresionante cementerio del Père-Lachaise, y ella quedó en mandarme una fotografía.

Justo en el momento de hacerla, allí se posó un cuervo negro… Hoy es víspera de difuntos, disfrutadlo o sufridlo a vuestra manera. Yo seguiré visitando cementerios hasta que llegue mi hora.

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