Lula da Silva, el líder izquierdista resurge como presidente de Brasil. Fotografía: Sebastião Moreira.
Lula da Silva, el líder izquierdista resurge como presidente de Brasil. Fotografía: Sebastião Moreira.

El valor electoral de Minas Gerais

7 de noviembre de 2022
Lula da Silva, el líder izquierdista resurge como presidente de Brasil. Fotografía: Sebastião Moreira.
Lula da Silva, el líder izquierdista resurge como presidente de Brasil. Fotografía: Sebastião Moreira.

La leyenda dice que quien no gana en Minas Gerais nunca será presidente de Brasil. Y así ha ocurrido otra vez. En la ajustada victoria de Lula da Silva en el balotaje de las presidenciales sobre el ultra Jair Bolsonaro parece haber tenido suficiente influencia el tópico.

El estado de Minas Gerais, que se encuentra en el interior suroccidental del país tiene el encanto de albergar el pasado colonial de Brasil y de preservar el legado de una época que forma parte de la historia nacional. En el ámbito demoscópico parece configurar un cosmomodelo y contener un estudio sociológico que sirve para dibujar el país.

Bueno, pues en Minas Gerais, Lula se impuso en las dos vueltas, aunque resultara perdedor en otros estados de tanta importancia política como São Paulo o Río de Janeiro. El aforismo volvió a ser revelador.

Muchos de los partidarios de Lula en el exterior se preguntan las razones por las que su victoria fue por tan poco margen, contando con gran proyección política y una superioridad sobre un desprestigiado presidente y su partido semifascista.

Pero al margen de las razones ideológicas y de lucha de clases hay que incluir en el entorno de las perniciosas influencias ultraconservadoras, la excesiva presencia de los evangélicos en Brasil, que pensaban que con la sola presencia de sus predicadores la batalla estaba ganada.

Los evangélicos han sustituido piano a piano a los católicos, cuyos obispos han sido históricamente más proclives a la teología de la liberación y a la mejora de las condiciones de los más pobres. Esta definición política permitió a los de otra religión convertirse en los voceros de los más ricos y del lumpenproletariado.

Al igual que ocurrió con Donald Trump en los Estados Unidos, la victoria de Lula da Silva provocó tal cataclismo en Brasil que los partidarios más cerriles de Bolsonaro optaron por no reconocer la victoria y salieron a la calle para bloquear las carretas con sus camiones y tratar de sugerir a los militares que pararan el triunfo de Lula. Especialmente desafortunado fue el exfutbolista brasileño del Deportivo de la Coruña, Donato, quien apeló a la soldadesca a dar un golpe de Estado, si bien los generales le enfriaron la propuesta que era la de un negro pobre, además de la de un pobre negro.

Jair Bolsonaro dudó hasta que no pudo más. Permaneció callado hasta que, sin acepar su derrota, elogió el sistema democrático sin felicitar al ganador, esperando un milagro, como quien piensa que si alguien movilizara a las masas contra Lula, podría subirse al carro.

Ni los evangelistas ni Bolsonaro ni los depredadores de la Amazonia pueden hacer nada ya, porque el voto popular les ha dejado en su sitio. Se han dado cuenta de que quien se llevó la victoria en Minas Gerais fue Lula.

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