El buen ejemplo de Consuelo Ordoñez

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Consuelo Ordóñez durante una intervención en memoria de su hermano. Fotografía: Juan Herrero.

Un amigo que oscila entre el anarquismo militante y el populismo nihilista me interpela sobre mis convicciones políticas y me pone en el brete de saber si mis propuestas periodísticas y personales son sólo fruto de una arbitraria posición basada en la voluntad y las influencias del corazón o van más allá de lo puramente sentimental, un poco con la idea de epatar, pero también de hacerse autoexamen de conciencia para liberarse de sus demonios personales.

Como es un tipo bastante legal y al que pese a todo tengo un inestimable aprecio, no contesto a sus requerimientos acordándome de su santa madre sino que procuro racionalizar mis respuestas y demostrar que los que tenemos ideas de izquierdas somos tan honestos o más que los que van con la feria y vienen con el mercado. La última polémica entre los dos surgió cuando me preguntó que si mi sectarismo ideológico podría permitirme descubrir que entre las gentes de la derecha también hay personas de buena voluntad. Y yo le respondí que claro y le puse como ejemplo a Consuelo Ordóñez.

Consuelo Ordoñez tiene razones más que suficientes para mostrar su aflicción con el mundo y su hastío de personajes de segunda fila que tratan de sacar réditos políticos y personales de su dolor. Es, como sabéis, hermana de Gregorio Ordóñez, aquel concejal del Partido Popular al que ETA asesinó en San Sebastián hace casi veinte años y que se ha convertido en bandera de la lucha antiterrorista, aunque sus familiares quieren que no se le utilice groseramente para beneficio de algunos.

No es la primera vez que esta mujer, que no esconde sus preferencias por el partido conservador, reprocha al PP su uso malévolo de la figura de Gregorio para conseguir beneficios políticos que de otra forma serían difíciles de justificar desde el punto de vista de la defensa de la democracia y de la pluralidad, pero su defensa del familiar asesinado está por encima de los planteamientos cortoplacistas.

Fue muy crítica con algunas intervenciones de Pablo Casado, de Mariano Rajoy —aunque menos— y del propio Alberto Núñez Feijóo, pero sobre todo ha sido un látigo contra la superficialidad de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que no tiene empacho de mentar a Gregorio Ordóñez para conseguir cinco minutos de gloria y el aplauso de los más irresponsables de sus secuaces.

La frivolidad de la hermana de Tomasín, ya sabéis el de las mascarillas a precios astronómicos, pone de los nervios a Consuelo Ordóñez y la última de las banalidades de esa mujer fue decir en un acto público refiriéndose a los votos de la izquierda que los vote Txapote, en referencia al jefe etarra que según parece fue el autor material de los disparos que le costaron la vida al concejal donostiarra.

Consuelo Ordóñez no ha podido callarse y, menos bonita, le ha dedicado a Isabel Díaz Ayuso una sarta de epítetos que el tipo más flemático no soportaría que le dijeran. A la presidenta madrileña no le ha importado porque sólo busca la notoriedad efímera y enredar en su comunidad para lograr que las instituciones públicas se deterioren, su imagen se sobrevalore y los negocios privados bullan en efervescencia. Y aprovecha para mentir y calumniar, porque de lo dicho algo queda.

No siempre he estado de acuerdo con Consuelo Ordóñez. Más bien he tenido con sus decisiones más discrepancias que coincidencias. Pero reconozco en ella a una mujer coherente que lucha por sus ideas y que respeta al adversario. Y a mí eso me parece digno de una persona de buena voluntad y, aunque pueda discutir con sus ideas, me merecen una enorme consideración. No sólo la gente de la izquierda es honesta. Y no creo que haya que decirlo muchas veces sino que eso se da por añadidura.

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