Una historia de molinos y gigantes

15 de febrero de 2023
Molinos eólicos transformando el viento en electricidad. Fotografía de archivo.
Molinos eólicos transformando el viento en electricidad. Fotografía de archivo.

Resulta curioso que dos de las producciones con mayor número de candidaturas a los Premios Goya 2023, compartiesen, además de haber sido rodadas íntegramente en lengua cooficial y localizadas en el medio rural, el conflicto local con las grandes compañías energéticas.

Argumento del cual se están sirviendo ciertos sectores contrarios a la transición ecológica para desacreditar con brocha gorda a las renovables en general. No seré yo quien salga a defender a Goliat, pues desde mis limitaciones, que son muchas al respecto, soy capaz de reconocer la utilización-degradación de vastos territorios, la implantación de tendido eléctrico, los daños provocados a la fauna silvestre y a la flora, e incluso las emisiones acústicas y el impacto visual, pero ¿cuál es la alternativa?

¿Construimos más presas?, ¿más minas soterradas o a cielo abierto?, ¿levantamos más centrales nucleares?, ¿nos plegamos a Rusia o a Oriente Medio?, ¿nos quedamos donde estamos?

Podría enumerar los daños irreparables que ha provocado el desarrollo feroz del Plan Hidrológico Nacional, con sus presas en España; el embalse sistemático ha matado directamente a nuestros ríos. Las minas han hecho lo propio con las montañas. Y supongo que no hará falta señalar el peligro que supone vivir cerca de una central nuclear; y cuando digo cerca, hablo de cientos de kilómetros. Pone el vello de punta.

Cuesta hablar de muerte y devastación cuando estas industrias extractivas han llevado la “vida” a las comarcas que las albergaron en su día, por eso es un tema muy jugoso y tramposo en el que intento no caer, pero, ¿se puede hablar de prosperidad humana pese a la muerte de los ecosistemas que los humanos colonizamos?

Creo que ahí reside el primer error; no debemos disociarnos de la naturaleza en tanto somos parte integrante de ella, lo que me lleva a visualizar el mítico cartel publicitario anunciando a pie de carretera la próxima construcción de adosados en los terrenos que hoy ocupa un frondoso bosque caducifolio bajo el lema “Damos vida al bosque”. Y sí, dice la verdad. Llenarán el bosque de vidas humanas; acabando con todas las demás.

No dejo de preguntarme de dónde salió la energía que sendas productoras consumieron para desarrollar las películas, trasladar hasta la zona a sus equipos, materializarlas en los estudios, distribuirlas; pero estando de acuerdo con el carácter noble del mensaje y el necesario debate que generan, creo que faltó confrontar la eólica y la solar al resto, sin maniqueísmos que diesen a entender que únicamente existen dos opciones; o bien continuar con las antiguas, las de las fuentes finitas, las de los combustibles fósiles o bien instaurar las renovables arrasando con los ecosistemas y las comunidades que las acogen.

Pues hasta donde tú y yo sabemos, las cosas pueden hacerse fatal, mal, regular, bien o impecablemente. Todo depende de la voluntad que se ponga en ello.

En el caso de “Alcarràs”, Carla Simón y Arnau Vilaró quizás podrían haberse esforzado un poco más en señalar inequívocamente al malo de la película, que bien podría ser esa burocracia indecente que no respeta un acuerdo sellado a la antigua usanza o el heredero urbanita que ejecuta con desdén y avaricia su herencia, y no confundir a la gente para que compre el peligroso mensaje negacionista del cambio climático, anti Agenda 2030 o antiecologismo.

Menos mal que Abascal y los suyos no son de ir al cine, salvo para ver americanadas, claro, pues como todas sabemos, el cine español está según estos, ideologizado; ya no digo si está hecho en galego o català, que si no, habrían hallado pólvora ahí para ametrallarnos desde sus despachos durante unos cuantos meses a base de obviedades y asociaciones varias que nos llevasen a deducir, “molino de viento y panel solar; malos”.

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Leticia González Díaz

“La mejilla de Talita”

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