La Europa que embiste contra sí misma

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Volodímir Zelenski recibe en Kiev a la presidenta de la Comisión Europea. Fotografía de archivo.

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En Europa, al igual que en España —como decía Antonio Machado—, hay gente que piensa y gente que embiste, y eso ha sucedido a lo largo de los siglos y sigue sucediendo porque el afán de determinados individuos por alzarse con el poder les lleva a cometer toda clase de tropelías y a utilizar la frente, en lugar de para pensar, para arremeter contra todo lo que se mueva y no pueda controlar.

En septiembre de 2022, la Unión Europea restringió la concesión de visados a ciudadanos rusos a consecuencia de la guerra de Ucrania, demorando el tiempo de entrega y subiendo el precio de su adquisición, sin que la resolución del órgano comunitario distinguiera entre rusos partidarios de Putin o de enemigos del dirigente del Kremlin. Meter a todos los habitantes de ese país en un mismo saco es una barbarie, una evidente demostración de rusofobia, un acto indigno de la autodenomida Europa de los valores y continuación de la censura a la libertad de prensa con la suspensión de las emisiones en varios países de la cadena de televisión RT (Russia Today).

No sé si los mandamases de la UE se han parado a pensar que una medida similar, pero con los judíos, fue utilizada por Adolf Hitler a principios de los años treinta del pasado siglo y el asunto se fue enredando de tal manera que muchos de ellos acabaron en campos de concentración y sin sus propiedades, lo que no es un buen ejemplo para tratar de presionar a Vladímir Putin para que salga de Ucrania, sino todo lo contrario. La Historia nos enseña que actuaciones injustas contra un pueblo le unifican y sus gentes hacen piña con los dirigentes, por muy malvados que sean.

Esté uno del lado ucraniano o del lado ruso convendrá que esta generalización del control de los habitantes de Rusia no deja de ser un error mayúsculo que no sólo atenta contra los derechos humanos, sino que pone de manifiesto que el interés de Europa, siguiendo los designios de la OTAN, no es otro que exterminar cualquier oposición a determinadas políticas, convirtiéndose en una rémora para el verdadero final de la guerra entre Ucrania y Rusia.

Lo cierto es que en este asunto, Europa ha perdido totalmente su autonomía y depende de lo que diga Estados Unidos y el ámbito anglosajón, con el agravante de que son los ciudadanos de este continente los que sufren las consecuencias de las restricciones gasísticas y de las sanciones, mientras Estados Unidos hace su agosto vendiendo el gas mucho más caro que hasta ahora. Y líbrense usted de que alguien con más o menos sentido común entre los responsables de la Comisión Europea abogue por una cierta independencia de criterio, porque los demás, sobre todo los nórdicos y los polacos les crujirán todo lo que puedan. Vean si no lo que le pasó al francés Emmanuel Macron.

Y qué me van a decir de Alemania que, según los expertos, lleva desde marzo en una situación económica asfixiante, pero los actuales gestores del Gobierno tripartito incrementan su ardor guerrero, aunque sus conciudadanos las pasen canutas. Los liberales hacen su agosto, los socialdemócratas se dejan llevar como una veleta y Los Verdes, que son más belicosos que el propio Pentágono desde que Joschka Fischer fuera ministro de Asuntos Exteriores con Gerhard Schröder, dejan a los democristianos a su izquierda. Esa barbaridad no se la hubieran podido colar a Angela Merkel.

A medida que la guerra continúa y los gastos militares y económicos se acrecientan las naciones europeas comienzan a desvelar sus contradicciones. El favoritismo en la compra de cereal ucraniano ha puesto en pie de guerra a los polacos y a los eslovacos que reclaman que sus campesinos puedan tener las mismas garantías de venta de grano que sus colegas de Kiev. Al final, hay, parece ser, una solución de compromiso, consistente en que la Unión Europea dé dinero a esos países para que no disminuya el apoyo a la agricultura ucraniana.

Pero eso no es todo. El Banco Central Europeo, en medio de esta crisis económica que cada día parece ir a más ha decidido subir los tipos de interés y, por tanto, encarecer el dinero, algo que golpeará durísimamente a las clases menos favorecidas de toda la Europa comunitaria y empobrecerá a gran parte de los ciudadanos que ya se muestran muy inquietos por el devenir de los acontecimientos.

Y mientras tanto, ¿qué pasa con Rusia? Pues gracias a los países de su entorno y en especial a China, parece que no sufre demasiado las consecuencias de las sanciones y de la política económica de la Alianza Atlántica. Es curioso que los que pretenden poner firmes al Kremlin las están pasando putas y los que quieren acabar con la influencia rusa en Ucrania han comenzado a actuar de tal manera que parece que se sitúan en un proceso de nazificación similar al ocurrido en la Europa de entreguerras.

Y si al final resulta que Rusia acaba ganando la guerra y haciéndose con el control de toda Ucrania, que según expertos militares no parece demasiado imposible, qué dirán nuestros dirigentes europeos, dónde se esconderán Ursula von der Leyen y Pepe Borrell. Mejor no nos lo imaginemos, porque podríamos escenificar un sainete de los que hacen época.

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