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Todo se desmorona en nuestra milla verde

2 min de lectura
Natalya Lebed, de 74 años, en la bombardeada Mariupol. Fotografía: Alexander Ermochenko.

Estamos asistiendo en Europa y el resto del orbe al fin de un ciclo, a un cambio puede que drástico, de época. La invasión de Ucrania por parte de Vladímir Putin, el alineamiento de los países en dos bloques férreos, el auge de la ultraderecha en muchos lugares, la instalación de dictaduras de diverso sesgo y color, la pérdida de libertades individuales y colectivas, el abandono de lo social como norma establecida en los tratados internacionales, el excesivo aumento del poder de los oligopolios aupados por las nuevas tecnologías, el desarrollo de la telemática que trasciende las fronteras, la aparición de la Inteligencia Artificial que está condicionando nuestros comportamientos —confundiéndonos—, no sabiendo ya en qué lugares está la realidad y en cuáles la ficción… son claros ejemplos de lo que nos espera. Ni Julio Verne, ni Ray Bradbury, ni Asimov, ni Arthur C. Clarke, ni J. G. Ballard, ni H. G. Wells, ni William Gibson o Adolfo Bioy Casares entre otros muchos, pudieron imaginar —aunque se acercaron en algunos casos— lo que nos espera.

Hasta ahora era bueno leer una novela o acudir al cine o al teatro. En estos momentos en que tú me lees, más que nunca en la Historia de la humanidad, tú y yo y todos los demás, hemos pasado del papel de lectores o de espectadores al de personajes de la trama que se urde en algunas conciencias maquiavélicas. Somos por tanto los que padecen, los que lloran, los que mueren…, cuando en el consejo de dirección de una empresa o de un país se decide que así sea.

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