El miedo de la Europa septentrional

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En la imagen, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. Fotografía: Juan Carlos Hidalgo.

El conflicto de Ucrania ha generado una serie de reacciones en los países fronterizos con Rusia que ponen de relieve cierto alarde defensivo en sus territorios que les ha llevado a situarse en una órbita contraria a la que caracteriza al gobierno de Moscú.

Durante la Guerra Fría los países escandinavos ostentaron una estricta neutralidad con respecto a los dos bloques y la geografía les llegó a situar en la cúspide del Estado de bienestar, convirtiéndose en el claro objeto del deseo de las naciones más alejadas de las fronteras con la URSS.

La llegada de la Unión Soviética, lejos de suponer una ola de involución en algunos de esos países, representó la consecución de sus afanes libertadores y la obtención de su verdadera independencia. Ese es el caso de Finlandia, que a los pocos meses de la instauración de la URSS logró su ansiada autodeterminación, curiosamente basada en la propia Declaración de los derechos de los pueblos de Rusia (1917), que hacía estallar por los aires las cadenas que sometían a Helsinki a los intereses zaristas.

Los tiempos, evidentemente, cambian. Y lo que fue una Escandinavia progresista, refugio de los perseguidos de todas las dictaduras durante la Guerra fría, se fue diluyendo a medida que la amenaza roja se debilitaba con la desaparición del Telón de Acero.

Pero tras el estallido de la guerra en Ucrania, los estados del norte de Europa han publicitado su miedo a un supuesto retroceso. Los dos países más representativos, Suecia y Finlandia, han solicitado ya su ingreso en la OTAN, teniendo el visto bueno de todos los integrantes del atlantismo para incorporarse.

Simultáneamente, en Estocolmo y en Helsinki se han hecho fuertes en las urnas partidos de extrema derecha que pretenden voltear sin remisión las políticas de asilo e inmigración tan tradicionales de sus territorios y que han visto en la Alianza Atlántica un pretexto para resguardar sus actitudes xenófobas, esperando que Estados Unidos les saque las castañas del fuego si algún día la tendencia cambia y es necesario volver a la Escandinavia del refugio. Cuentan para ello con un colega como el noruego Jens Stoltenberg, un belicoso halcón de la derecha radical, rusófobo por excelencia y que ejerce por el momento como secretario general de la OTAN.

Por su parte, los Demócratas de Suecia (SD), el partido que representa los intereses neonazis de Estocolmo, ha anunciado la derogación de las leyes progresistas del país. Y la ultraderecha finlandesa, que se cargó a la socialdemócrata Sanna Marin por un vídeo robado en el que bailaba en una fiesta privada y que tiene como referente al partido ultranacionalista Auténticos Finlandeses (como si los demás no lo fueran) ha puesto en marcha peligrosas medidas reaccionarias.

Es curiosa la tendencia al insulto de los nuevos dirigentes de Finlandia, pues su vicepresidenta actual, Riikka Purra, ha manifestado en un tuit su intención de «escupir a los mendigos y golpear a los niños negros». Toda una declaración de intenciones.

La conclusión final es que los nuevos fachas escandinavos se han sumado a la OTAN para hacer piña con los neonazis ucranianos y los regímenes ultra autoritarios de Hungría y de Polonia. Con este panorama, ¿aún creen los políticos constitucionalistas de España que nuestro país pinta algo en la Alianza Atlántica? Pues que Santa Lucía les conserve la vista y la intuición.

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