Lo que Nolan no cuenta en “Oppenheimer”

23 de agosto de 2023
Cillian Murphy en el póster de la película de Christopher Nolan “Oppenheimer” (2023).

A medida que nos acercábamos al 6 de agosto de este año, conmemorando el 78° aniversario de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki por parte de Estados Unidos, mis pensamientos se dirigían inevitablemente al sótano de la Chugoku Electric Power Company, a unos 800 metros de la Cúpula de Genbaku, el lugar donde mi abuelo se encontraba aquella fatídica mañana de lunes. He sido testigo de la forma en que la potencia de una bomba nuclear puede deshacer el cuerpo humano, reventar los ojos a un niño o cómo las quemaduras descaman la piel, hinchan y carcomen el rostro de una mujer de formas que la humanidad jamás hubiera imaginado.

En referencia a un comentario sobre la nueva película de Christopher Nolan, el director inglés centra su enfoque en la figura de J. Robert Oppenheimer en lugar de mostrar la devastación ocasionada por sus artefactos genocidas. A partir de una breve entrevista con el cineasta, se percibe que los espectadores de su largometraje podrían asumir que los personajes tienen todas las vías posibles para escapar y minimizar su exposición a la radiación. Sin embargo, tal nivel de seguridad nunca fue otorgado a la gente en tierra firme en Hiroshima y Nagasaki durante esos días críticos.

La icónica nube con forma de hongo, generada por la explosión, se presenta repetidamente en el tráiler del filme de Nolan. Paradójicamente, esa misma imagen representa un símbolo de muerte para mi comunidad. Porque dentro de esa nube yacían entremezclados los restos de nuestros abuelos: su carne, sus órganos, sus huesos, toda su vida volatilizada…

El pasado mes de mayo, tuve la oportunidad de viajar a Hiroshima, la ciudad donde nací y crecí. Durante mi estancia, pude presenciar la cumbre del G7 desde una perspectiva cercana. Allí, se reunieron representantes de seis naciones occidentales: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá, Italia y el primer ministro japonés, Fumio Kishida. Cabe mencionar que Kishida había sobrevivido a un intento de asesinato apenas un mes antes. El propósito de esta reunión era fortalecer los vínculos entre estos países.

La ciudad experimentó una especie de paralización debido al evento. La presencia policial fue notable y las escuelas suspendieron su actividad durante cinco días. La magnitud de los cierres de carreteras fue tal que muchos optaron por quedarse en casa y seguir el evento a través de la televisión.

El aterrizaje del Air Force One, donde viaja habitualmente el presidente de Estados Unidos, tuvo lugar en la MCAS de Iwakuni, una base militar estadounidense en la zona. Mientras tanto, el resto de líderes llegaron a Japón a través del Aeropuerto Internacional de Tokio. Una vez allí, se hospedaron en el Grand Prince Hotel Hiroshima, cerca de la costa de Setouchi, donde se llevó a cabo la cumbre. Joe Biden, por su parte, optó por alojarse en el Hotel Hilton Hiroshima, ubicado en el corazón de la ciudad. Esta decisión cerró al tráfico el centro urbano, en las cercanías de la Zona Cero. En todo momento, los reporteros de la televisión local buscaban capturar imágenes del “maletín nuclear” de Biden; el dispositivo que siempre acompaña al presidente y le otorga la capacidad de ejecutar un ataque nuclear en cualquier lugar del mundo.

En el evento, los asistentes pudieron escuchar las palabras de Fumio Kishida acerca del avance en las negociaciones sobre desarme nuclear. Los demás mandatarios también hicieron una promesa al presidente de Ucrania Zelenski, comprometiéndose a proporcionarle armas, incluyendo municiones de uranio empobrecido por el tiempo que fuera necesario —como confirmó Joe Biden—, con el objetivo de respaldar los esfuerzos en la guerra contra Rusia. Resulta irónico que estas declaraciones se hicieran en Hiroshima, una ciudad donde la población ha compartido durante 78 años un compromiso común de no traicionar a los hibakusha (sobrevivientes de la bomba atómica), quienes han abogado por la paz mundial y han vivido con el temor constante a las enfermedades por radiación y al cáncer, enfrentando un dolor inimaginable.

Durante la cumbre del G7, Joe Biden realizó una visita al Parque Memorial de la Paz de Hiroshima, conocido por la población local como el Parque de la Bomba Atómica; un monumento erigido en recuerdo de quienes sufrieron la devastación causada por Little Boy y Fat Man los días 6 y 9 de agosto de 1945. Este lugar es un símbolo trascendental de la tragedia humana y de nuestra incursión en la era atómica.

Con posterioridad, el alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui, llevó a cabo una visita a la Embajada estadounidense en Tokio, donde se procedió a firmar un acuerdo de hermanamiento entre el Parque de la Bomba Atómica y el Pearl Harbor National Memorial.

El Parque Memorial de Pearl Harbor conmemora el enfrentamiento entre Estados Unidos y Japón que se desencadenó tras el ataque japonés a la base naval norteamericana. El monumento rinde homenaje a la memoria de los más de 2.000 marineros y soldados que perdieron la vida, así como a los 68 civiles que quedaron atrapados en el fuego cruzado. A través del Acuerdo de Parques Hermanos, se estableció un consenso oficial entre Hiroshima y Estados Unidos, reconociendo que la guerra comenzó con un ataque —injustificado (!)— a Pearl Harbor y culminó con el lanzamiento —justificado (?)— de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.

El colectivo Hiroshima Alliance for Nuclear Weapons Abolition (HANWA) es un grupo local conformado por descendientes de sobrevivientes de las bombas atómicas. En medio de la celebración de la cumbre del G7, HANWA advirtió al pueblo de Hiroshima que acuerdos como ese podrían transformar la ciudad de manera irreversible, al presentar una narrativa plagada de inexactitudes históricas que borrarían el pasado.

Haruko Moritaki, descendiente de supervivientes de los ataques atómicos y Directora Ejecutiva de HANWA, quien se encuentra librando una batalla personal contra el cáncer, participó en una reunión de su colectivo el 17 de mayo de 2023. Durante el encuentro, Moritaki recordó las declaraciones efectuadas por Barack Obama durante su breve visita al Parque de la Bomba Atómica en 2016, convirtiéndose en el primer presidente en funciones de Estados Unidos en visitar Hiroshima desde la guerra. En su discurso, Obama dijo: «Hace setenta y un años, en una mañana clara y despejada, la muerte cayó del cielo y el mundo cambió».

Haruko Moritaki no pudo evitar hacer una matización: «La muerte no cayó del cielo. La muerte fue provocada por el lanzamiento de las bombas por parte de Estados Unidos sobre seres humanos».

En su visita al Parque de la Bomba Atómica, Joe Biden optó por no dar un discurso. Su silencio transmitió su mensaje a los habitantes de Hiroshima.

Como artista visual, educadora y hibakusha de tercera generación que actualmente reside en Estados Unidos, tuve la ocasión de explorar diferentes sitios nucleares en el país con el propósito de comprender la narrativa coyuntural estadounidense. A lo largo de mis experiencias, he sido testigo de cómo el avance de dicha tecnología ha dejado una huella indeleble en el paisaje, alterando de manera irreversible la tierra y perpetuando divisiones en diferentes comunidades, a menudo en perjuicio de los más vulnerables.

Desde el inicio de 2023, en mi rol como artista, formo parte de una asociación que constantemente se enfrenta a cuestiones éticas al abordar el contenido de una obra de arte: ¿Quién tiene el poder de contar la historia? ¿Quiénes quedan excluidos en este proceso? ¿Cuál es el destinatario público en un contexto dado? Me asalta otra duda: ¿El realizador cinematográfico de esta controversia la enfrentó desde una perspectiva personal durante el tiempo de rodaje?

Ya hemos escuchado suficientes voces críticas que establecen algún tipo de conexión emocional con el individuo detrás de la devastación. Sin embargo, se ha prestado muy poca atención a los 246.000 seres humanos que perdieron la vida, así como a los sobrevivientes que experimentaron heridas y afrontaron muertes lentas y dolorosas debido a la exposición a la radiación.

Por lo tanto, me planteo nuevamente cómo se enmarca una producción cinematográfica en relación con el sufrimiento histórico. ¿Cómo puede abordarse ese tema de manera que respete las emociones complejas y, a menudo, dolorosas que esta puede evocar? Surge una obligación ética para el cineasta, quien debe determinar cómo transmitir estas imágenes sin revivir traumas previos.

En un artículo titulado “Los fundamentos raciales de los atentados de Hiroshima y Nagasaki”, Elaine Scarry señala que el 18 de septiembre de 1944, Franklin Delano Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill se reunieron en la mansión de Roosevelt en Hudson Valley. Una grabación reveló que Japón había sido designado como objetivo de los bombardeos casi siete meses antes de que Alemania firmara su rendición el 7 de mayo de 1945, en la ciudad francesa de Reims. Ese mismo mes comenzaron las maniobras que se desarrollaron en el Pacífico para la misión de lanzar la bomba sobre Japón, lo que respalda aún más el contenido del encuentro entre Roosevelt y Churchill. Los registros históricos indican una vez más la forma en que el desarrollo nuclear evitó que los países fuertemente militarizados se convirtieran en víctimas de la atrocidad nuclear.

En su texto, Elaine Scarry cita al poeta y novelista Langston Hughes, quien dijo en 1953: «Hasta que no cese la injusticia racial en Estados Unidos, será muy difícil para muchos estadounidenses no pensar que la forma más fácil de resolver la problemática en Asia es simplemente arrojar una bomba atómica».

Mi amigo Petuuche Gilbert de Acoma (Nuevo México), que cada día lucha sin desfallecer contra la contaminación de su pueblo por la minería de uranio, me dijo: «Quiero ver que la película reconozca [sic] toda la historia de la bomba nuclear: que no sólo aniquiló a cientos de miles de japoneses sino que además abrió una profunda herida en la vida de los pueblos indígenas que aún hoy viven con un legado de desarrollo y aplicación en relación al Proyecto Manhattan. Quiero que la película mencione a los pueblos indígenas cuyas tierras fueron tomadas para construir y probar la bomba. Quiero que se cuente y comprenda la tragedia que todo esto supuso».

Petuuche Gilbert agregó que «ese aciago camino era necesario para construir Estados Unidos y que el país tuviera lo que tiene hoy: el poder y la supremacía».

En el Grupo de los Siete (G7), en el discurso de Barack Obama, en el Acuerdo de Sister Park, y ahora una vez más en “Oppenheimer”, vemos la premeditada supresión histórica de los hibakusha y sus experiencias, la supremacía de la guerra y la brutalidad del poder sobre las personas perjudicadas por esa hegemonía.

No, definitivamente no necesito ver la película para volverme a traumatizar. Mi solidaridad es con las personas que no aparecen en la fotografía, esas que siguen sufriendo.

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