Hay que acabar con la inflación especulativa

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La política conservadora francesa Christine Lagarde, presidenta del BCE. Fotografía: Fazry Ismail.

Uno de los asuntos que quedó pendiente en el anterior Gobierno progresista se refería a la necesidad de controlar las subidas desmesuradas de los precios de los alimentos y de los artículos de primera necesidad. Era lo que la izquierda llamaba topar el precio de los productos esenciales para que la inflación especulativa no afectara de manera tan negativa a las economías más vulnerables.

El fin de la legislatura y algunas reticencias de los sectores más derechistas del gobierno de coalición fueron las principales causas para que esta medida no se llevara a efecto, porque determinadas conductas de los elementos más especulativos de la economía le pusieron la proa a cualquier solución que abortara las medidas más inflacionarias que estaban sobre la mesa.

Hay varias formas de combatir la inflación, pero quizá la menos aconsejable es la que han puesto en marcha los organismos comunitarios, más vinculados a los deseos de las financieras. No en vano, el Banco Central Europeo que se ha destacado por su obsesión por la subida de los tipos de interés está presidido por la derechista francesa Christine Lagarde, que en su época de máxima responsable del Fondo Monetario Internacional coqueteó con la corrupción y la delincuencia siendo denunciada, aunque alguien paró los pies a los acusadores. El vicepresidente del BCE es nada más y nada menos que Luis de Guindos, ideólogo de la política de austeridad del Partido Popular cuando era el responsable económico del Ejecutivo de Mariano Rajoy.

Esta política de subir los tipos de interés sólo favorece a las grandes empresas y a los bancos, porque desmadra el precio de las hipotecas e impide el gasto de las personas con menos capacidad de reacción. Es verdad que pone coto a la subida de precios, pero sólo para unos pocos, porque a los que pueden gastar se les han capado los recursos para ello.

Yo siempre fui más partidario de las políticas expansionistas desde el punto de vista económico que las restrictivas. Es verdad que con las primeras se corre el riesgo de la inflación, pero también esta es posible porque hay empleo y salarios. Con la austeridad, sólo ganan los de siempre, porque no hay trabajo y los salarios son absolutamente precarios, dicho sea a grandes rasgos.

Si se topan los precios de los productos de primera necesidad evitamos que las grandes cadenas de alimentación obtengan beneficios sobredimensionados, mientras que los productores reciben el mismo emolumento que podrían recibir con los importes anteriores al desmadre de los intereses de los supermercados, por lo que es absolutamente imprescindible poner fin a las inflaciones especulativas que sólo favorecen a determinados colectivos.

Es por tanto elemental, y yo diría que hasta urgente, que se llegue a un acuerdo antes de formar gobierno que deje bien claro que hay que lograr que los precios de los alimentos de primera necesidad se mantengan en unos niveles de valía sumamente razonables para que las familias dispongan de los recursos más indispensables y así poder llegar a fin de mes o al menos tener medios para intentarlo.

Yo me imagino que en la sucesión de conversaciones entre los partidos de la izquierda que aspiran a volver a gobernar se contempla incluir este tope tan prioritario, porque si no se pudo aprobar antes y ya vamos con algún retraso, todavía estamos a tiempo de solventar esta situación, sin que el gran lobby de los hipermercados y sus cachorros mediáticos nos coman el coco y nos minen la moral con argumentos sofistas. Entiendo que la discreción en las negociaciones es un plus fundamental, pero no estaría de más un guiño a la población para que se ilusione con la reedición del Gobierno progresista.

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