El tradicional clasismo británico

22 de septiembre de 2023
En la imagen, el primer ministro de Reino Unido, Rishi Sunak. Fotografía de archivo.

La superioridad moral de las naciones más poderosas, que creen estar por encima del bien y del mal, genera retorcidos ejercicios de soberbia y nepotismo así como execrables conductas segregacionales por el color de la piel o por la escasez de recursos económicos. Para ello, hacen uso de su tradicional clasismo en contra del sentido común y de la equidad.

Ese es, indudablemente, el caso de Reino Unido, una nación orgullosa de su decimonónica actitud discriminatoria y que no se mezcla con otros países ni con individuos de inferior categoría, salvo para sacarles los cuartos o para expoliar sus riquezas naturales. A lo largo de la historia, los ingleses han sido verdaderos maestros en el arte de despreciar al resto de los mortales que, por supuesto, nunca estarán a su altura.

El último ejemplo de la superioridad británica ha sido su decisión de trasladar a Ruanda, en el corazón de África, a todos aquellos ciudadanos extracomunitarios que soliciten ingresar en el país europeo y que sea el títere que gobierna en Kigali el que decida quién puede acceder al paraíso inglés o quién tiene que largarse con viento fresco a otra parte. Y eso lo decide Ruanda, que para eso es un país de segundo orden.

La idea inicial fue del exprimer ministro Boris Johnson, que fue obligado a dimitir por juerguista y mentiroso, pero fue su sucesor Rishi Sunak quien asumió esa tesis. El político conservador Sunak es un tipo de ascendencia india que es el típico cobrizo que aspira a ser pelirrojo y que tiene un enorme complejo de inferioridad por no pertenecer a la raza aria, por lo que se arrastra en consideraciones y razones políticas que tienen un claro componente racista.

Creen los británicos que por haber hecho de Australia una cárcel inmensa a la que mandaban a los delincuentes que trataban de vivir como los aristócratas de Westminster, pueden deportar a todo bicho viviente sin el más mínimo respeto de los derechos humanos y abusando de su poder económico y de su influencia en los países más ricos, lo que ha molestado, obviamente, a las personas de buena voluntad del mundo entero.

Y por supuesto, esta decisión también ha molestado a los jueces británicos que han tumbado el despreciable decreto de Downing Street y han impedido que un vuelo chárter partiera de Londres rumbo a Kigali con el primer lote de “miserables” que no tienen derecho a vivir en la metrópoli. En una primera instancia un juzgado consideró legal esa medida, pero una corte de apelación revirtió el fallo y, por el momento, las deportaciones racistas y clasistas están suspendidas.

Pero como la flema británica tiene mucho recorrido genético e histórico, la élite de la sociedad londinense ha recurrido al Supremo con el deseo de que sus intenciones puedan ser llevadas a cabo e impedir que los aspirantes a asilados pisen suelo de la “pérfida Albión”, aunque todos los indicios apuntan a que el alto tribunal no va a cambiar la sentencia de la corte de apelación.

La hipocresía con la que se rigen las naciones ricas en relación con las antiguas colonias es curiosa e infame. No sólo expolian los recursos naturales e inoculan un sentimiento de desarraigo absoluto en los habitantes de esos territorios, sino que cuando estos buscan una salida a su situación y tratan de vivir dignamente en la urbe, les arrojan un jarro de agua fría y les devuelven a su lugar de origen, más pobres y más explotados. La miseria no está en los que menos tienen, sino en los que actúan con mayor mezquindad.

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