Alberto Núñez Feijóo en la primera jornada del debate de investidura. Fotografía: Claudio Álvarez.

La política o el arte de tener razón

7 de marzo de 2024
Alberto Núñez Feijóo en la primera jornada del debate de investidura. Fotografía: Claudio Álvarez.

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El momento del debate de investidura es uno de los pilares de la democracia. Sobre él se asientan, no sólo los recursos que pueden ser puestos en marcha por un Ejecutivo encabezado por el candidato a presidente, sino también la capacidad esencial de vencer y convencer.

El arte de tener razón, que ya fue abordado de manera global por Schopenhauer en su “Dialéctica erística”, se mantiene aquí como algo esencial en el proceso de convencer. Y es un proceso hacia fuera y hacia dentro. Hacia dentro, porque construye motivos de asentimiento y valoración de los propios, así como la capacidad de articular procesos de reflexión interna; hacia fuera porque activa conciencias de la ciudadanía en su conjunto, haciendo llegar sus juicios al mayor número de electores posible.

Pero las cosas no son tan así. El debate de investidura de estos días es una construcción retórica de unos contra otros, un proceso que tiene más que ver con el combate dialéctico degradado, alejado de su esencia: La activación verbal del gran planteamiento político de una candidatura que concurre a su elección.

Pero ahora, aquellos que han diseñado las líneas que han de poner en marcha para gobernar un país, no tienen afán de convencer, con ese arte de tener razón de Schopenhauer, sino un revestimiento a modo de coraza que salta al terreno de juego con la pesada carga de sus prejuicios y sus enemistades manifiestas. No es ágil el movimiento de quien viste la coraza, como tampoco lo es el de quienes tratan de darle juego, sus compañeros de equipo. La política, por tanto, se enquista, se endurece en su capacidad analítica.

Vivimos momentos difíciles para practicar el arte de tener razón porque no tenemos las bases para propiciar un debate con estructuras bien definidas y con la capacidad para estructurarlo, con sedimentos inteligentes, con razones para sostener la verdad y con la suficiencia para comunicarla. Hemos, en cambio, facilitado el arte de la especulación, del clientelismo y, sobre todo, de la inoperancia en el discurso porque hemos creído que es la mejor manera de llegar a nuestro interlocutor. Y no importan los juicios de verdad que uno pueda tener para analizar; todo se sostiene, en cambio, en sentencias falsas y en muy poca capacidad para enmascararlas en el proceso dialéctico. «El móvil de pensamiento ya no es el deseo incondicionado, no definido, de la verdad, sino el deseo de conformidad con una enseñanza establecida de antemano», decía Simone Weil.

Estos días asistimos a juicios sumarísimos contra el Gobierno de Sánchez, a alharacas y manifestaciones que se sostienen en eslóganes de naturaleza primitiva, a valoraciones deshonestas con España y su amplio espectro cultural y emocional, a reventadores de la democracia. Todo ello en un eco que se escucha en nuestras calles propiciado por los mismos que ahora defienden sus discursos en el debate de investidura, dentro de la soberanía popular y sentados en los escaños que la democracia ha puesto debajo de sus traseros, libremente, con el voto de cada uno de los ciudadanos con derecho a él, para llevar ese discurso de odio, esa manera ridículamente establecida de vencer y convencer a las salas del Congreso.

Ignoran el arte de tener razón porque sus capacidades creativas y comunicativas son las que son: Discursos que sostienen palabras sin saber muy bien qué discursos ni qué palabras sostienen.

Atento a quien te escucha porque está valorando tus tesis, porque está construyendo su respuesta, porque está diseñándola como defensa apoyado en lo que dices. En política, esta debería ser la base fundamental de su esencia. Y lo estamos olvidando. ¿Estaremos en trance de perder nuestra capacidad de comunicar?¿Habremos iniciado el tiempo del adelgazamiento de los juicios políticos? No lo sé, pero nos queda el arte de tener razón para defendernos.

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