El juez del caso Villarejo cita a declarar al presidente de BBVA, Carlos Torres. Fotografía: Simon Dawson.

La inviolabilidad de los bancos en España

2 de octubre de 2023
El juez del caso Villarejo cita a declarar al presidente de BBVA, Carlos Torres. Fotografía: Simon Dawson.

En los recovecos más sombríos de la política y las finanzas españolas se despliega una realidad que revela la descomposición de una estructura corroída por la codicia y los tratos de favor. Este desafortunado pasaje tiene como protagonistas a figuras ominosas como el excomisario José Manuel Villarejo, un hombre que, tras su carrera en el Cuerpo Nacional de Policía, se sumió en las profundidades del crimen organizado. Acusado de delitos tan graves como organización criminal, cohecho y blanqueo de capitales, Villarejo se convirtió en el maestro de las cloacas del estado, acumulando un patrimonio obscenamente desmedido, superando los 20 millones de euros.

Entre los enredos de este opacado escenario se encuentra el BBVA, una entidad bancaria que junto con políticos sin escrúpulos entreteje hábilmente una red de intereses espurios. En este contexto se ha destapado un esquema corrupto que involucra a personajes como el exdirector de Seguridad, Julio Corrochano, y el exdirectivo de Riesgos del BBVA y expresidente de Distrito Castellana Norte (DCN), Antonio Béjar. Estos individuos, cuyas acciones quedan marcadas por la sombra de la ilegalidad, son parte integral de un entramado que ha llevado a la imputación tanto del banco como de su expresidente Francisco González.

El tejemaneje de la historia parte de los servicios contratados por el banco a CENYT, empresa de José Manuel Villarejo. Entre 2004 y 2017, el BBVA habría desembolsado más de 10 millones de euros al excomisario, alimentando así una maquinaria de corrupción y malversación de fondos. Esta conexión entre los bancos y el crimen organizado pone de manifiesto la vulnerabilidad de nuestro sistema ante la voracidad de aquellos que buscan su propio beneficio a expensas del sufrimiento ajeno.

La crisis económica española de 2008 desencadenó una serie de acontecimientos que evidenciaron la fragilidad de nuestra estructura capitalista. Cajas de Ahorros de titularidad pública y bancos, en particular Bankia y Catalunya Banc, se vieron arrastrados hacia la vorágine de la ruina. La Unión Europea, en un intento por estabilizar la situación, desplegó un paquete de ayudas públicas y rescates financieros que ascendieron a cifras astronómicas.

Desde el año 2009, más de 64.000 millones de euros, incluido el respaldo del Fondo de Garantía de Depósitos (FGD), fueron inyectados en estas instituciones financieras. Esta cifra asombrosa se fragmentó en diferentes tramos, siendo 41.300 millones de euros aportados por el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) entre julio de 2012 y diciembre de 2013. Estos fondos, solicitados por el Gobierno español, de una disponibilidad total de 100.000 millones, representaban un intento desesperado de contener la catástrofe económica que se cernía sobre el país.

Sin embargo, la sombra del derroche se cierne sobre estas ayudas masivas. En un cálculo realizado en 2020 se estimó que al menos 43.225 millones de euros se perdieron en esta maraña de rescates, lo que equivale a un impactante 73% del dinero público aportado. Estos números pintan un cuadro desolador de malversación y falta de supervisión, donde los fondos destinados a estabilizar la economía se desvanecieron en el aire, dejando a la ciudadanía con las consecuencias.

El balance presentado por el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) en el mismo año arrojaba datos sobre la grave situación. Según estos apuntes, el Estado habría invertido un total de 56.545 millones de euros entre capital y productos híbridos y 2.326 millones en garantías. Sin embargo, la recuperación alcanzó apenas los 5.917 millones de euros, lo que representa un escaso 10% del total invertido. Esta discrepancia entre la inversión estatal y las recuperaciones pone de manifiesto la urgencia de una reforma en la banca española.

Entre el derroche y el desorden bancario, la ciudadanía se encuentra en una posición precaria, mientras los fondos públicos se disipan sin dejar rastro de mejoras significativas. Este relato es un recordatorio amargo de la necesidad urgente de una supervisión efectiva y de una escrupulosa rendición de cuentas en el sector bancario, para así asegurar que el dinero público se utilice de manera responsable y en beneficio de la sociedad en su conjunto. La transparencia y la responsabilidad son imperativas si queremos evitar que el futuro se vea empañado por la malversación y la pérdida irresponsable de recursos.

Estos hechos apuntan a una verdad incómoda: nuestros políticos y el sistema financiero, en lugar de servir a la ciudadanía, se han convertido en instrumentos de la codicia y el despilfarro. Por todo esto, es hora de levantar la voz y exigir un cambio radical. La integridad y la honestidad deben de imperar en las altas esferas del poder. La justicia, la transparencia y la rendición de cuentas son los pilares fundamentales sobre los cuales debemos construir nuestro futuro.

La ciudadanía merece unos mecanismos que realmente protejan y promuevan su bienestar. Este es un llamado a la resistencia, un llamado a forjar un camino hacia un mañana más justo, donde la verdad y la justicia prevalezcan sobre el egoísmo y la malversación.

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