Núñez Feijóo no logró sumar apoyos para una investidura condenada al fracaso. Fotografía: Juan Carlos Hidalgo.

Las uvas estaban todavía demasiado verdes

4 de octubre de 2023
Alberto Núñez Feijóo se presentó a una investidura abocada al fracaso. Fotografía: Juan Carlos Hidalgo.

España no quiere que Alberto Núñez Feijóo sea presidente del Gobierno. Se lo ha dicho ya dos veces en una semana, a través de los representantes de todos los ciudadanos en el Congreso de los Diputados. Los deseos de las derechas se han frustrado porque no les dan los votos para hacer una política económica restrictiva y para mostrar su rechazo a la pluralidad del país, por lo que las pretensiones del gallego que preside el Partido Popular se han venido abajo, como ya preveían la mayoría de analistas.

Para justificar su fracaso, el líder del PP recurrió al postureo y afirmó que si hubiera querido podría haber sido el inquilino de La Moncloa los próximos cuatro años, pero prefirió sacrificar sus ambiciones personales por el bien de España porque la aceptación de las exigencias de los partidos minoritarios eran una afrenta y le podía más la responsabilidad y el sentido de Estado que la posibilidad de ser presidente, ya que Junts, ERC y el PNV le reclamaban más de lo que estaba dispuesto a ceder por el bien del país.

Además de que el PNV le diera calabazas en tres ocasiones, con Junts ni tan siquiera se llegó a sentar formalmente y los socialistas no tragaron con su oferta de un gobierno de dos años para la lista más votada, nos encontramos con un Núñez Feijóo en la soledad más absoluta, si exceptuamos la entrega incondicional de Vox a la investidura, seguramente a cambio de otras prebendas más adelante.

La impostura teatral de Feijóo se parece a aquella fábula de Esopo en la que un zorro, ante la imposibilidad de comerse unas uvas porque no podía llegar al sitio donde se hallaban, dijo: «Yo habría conseguido alcanzar las uvas si estas hubieran estado maduras. Me equivoqué al principio pensando que estaban maduras pero cuando me di cuenta de que estaban aún verdes, preferí desistir». Para darle mayor énfasis a su inmolación política, el candidato conservador añadió: «Los votos de Bildu se los dejo al señor Sánchez, yo no los quiero».

Cualquier lector atento a la política cotidiana sabe que Alberto Núñez Feijóo ha hecho de la insuficiencia una virtud, pretendiendo hacernos creer a todos que ni con nacionalistas ni con populistas se ungiría presidente de los españoles. Pero, claro, el personal sabe que con el PNV hubo casi acoso político, con los catalanistas intentó hablar pero no le hicieron ni puto caso y con EH Bildu ya pactó más de una vez en ayuntamientos euskaldunes, con lo que su hipócrita alusión a sus valores no es más que una demostración de impotencia.

Antes de acudir al Congreso a buscar los avales precisos para gobernar, el aspirante a inquilino de La Moncloa repitió hasta la saciedad su mantra de que tenía derecho a ser presidente por haber sido el PP la lista más votada, pero ni siquiera se permitió disimular durante la constitución de los ayuntamientos y comunidades autónomas, porque se pasó por la entrepierna lo de ser los primeros alcanzando acuerdos con Vox para desalojar del poder a quienes habían sido los verdaderos ganadores.

Ahora le toca a Pedro Sánchez presentar su candidatura y su rival conservador ya le acusa de oscuras maniobras negociadoras, dramatizar al máximo y otras formas sutiles de despreciar las leyes de la democracia sobre quien tiene más apoyos para dirigir el país y quien cuenta con más respaldo parlamentario. También utilizó el comodín de la repetición electoral como fórmula deseada, pensando así que los españoles podrían darle otra oportunidad, algo que se presenta poco probable.

Veremos si Sánchez logra su investidura o tiene que apelar también a Esopo, aunque no parece que vaya a suceder, si la aritmética, como parece, le da los respaldos necesarios. Emulando a Feijóo, el presidente en funciones también ha despreciado algunos votos, en concreto los de Vox, y aunque no lo dijo, se podría haber puesto exquisito y haber alegado que el apoyo del partido de Santiago Abascal no lo quería, que «eso se lo dejaba para el PP».

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