La factura de los chicos malos de Vox

26 de febrero de 2024
Santiago Abascal e Ignacio Garriga durante un acto de Vox en Barcelona. Fotografía: Quique García.

Parece que ahora que el Partido Popular se ha caído del guindo y su cúpula se ha dado cuenta de que con Vox no merece la pena ni ir a apañar duros, porque volverían de vacío, se ha desvelado lo que algunos analistas de la formación con sede en la calle de Génova venían sosteniendo: que las malas compañías de los chicos de la ultraderecha no sólo no suman, sino que son un lastre tremendo para los conservadores en su empeño por alcanzar el poder.

Son cada vez más los representantes del PP que admiten que fueron los pactos postelectorales de las autonómicas los que malograron la victoria del partido de Alberto Núñez Feijóo el pasado 23 de julio y que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acertó de pleno cuando adelantó las elecciones para mediados del verano, al comprobar que la entente entre derecha y ultraderecha estaba atemorizando a la inmensa mayoría de la población.

Y no es que el pacto entre ambas fuerzas supusiera una inquietud de la que se presagiara una reacción absolutamente adversa. Fueron las políticas concretas y las exigencias de la formación de Santiago Abascal para volver a los peores años del franquismo lo que provocó que muchos españoles, que incluso podrían sentirse representados por el Partido Popular, cambiaran de opinión.

La derogación de la ley de Memoria Democrática, el odio a las personas LGTBI y a la Ley trans, su beneplácito a los crímenes de violencia de género —disfrazado de una supuesta igualdad—, han colmado la paciencia de los ciudadanos de buena voluntad que se han mostrado horrorizados ante la cavernícola posición política de los chicos de Vox y de sus sociedades afines.

En el culmen de su estupidez programática, el pasado 19 de octubre, el partido de la ultraderecha mandaba un mensaje a la sociedad exigiendo que se dejara de conceder protección y asilo a los inmigrantes originarios de países de cultura musulmana, lo que no es sólo un delito de odio de manual que vulnera los derechos humanos, sino una llamada al conjunto de la población para que no cuenten con ellos cuando se trata de defender la pluralidad.

Tarde se dio cuenta el PP de que la factura de Vox no la iban a pagar los más racistas de nuestra sociedad, sino el propio partido de la gaviota, que no puede contar con los de Abascal para hacer una política inteligente sin enmarañarse en un conflicto con la mayoría de los españoles. Esta experiencia es posible que la tengan en cuenta con vistas al futuro. O no, que diría con gracejo el propio Mariano Rajoy… porque es tan grande su deseo de copar el Boletín Oficial del Estado (BOE) que para ello son capaces de tropezar otra vez con la misma piedra en los próximos comicios.

Podéis pensar lo que queráis, pero los datos empíricos demuestran que los españoles soportan mejor a EH Bildu que a Vox, posiblemente porque sus planteamientos son más modernos y porque no tratan de demonizar a la sociedad, sino lograr materializar sus propuestas políticas que van poco a poco, sin prisa, pero sin pausa. Sólo hay que ver la reacción de los habitantes de este país cuando Pedro Sánchez se entrevistó con una delegación del partido abertzale, a pesar de la irritación que causó en los sectores más inflamables de nuestra derecha.

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