Soldados israelíes detienen a un joven de 16 años en la ciudad cisjordana de Hebrón. Fotografía: Abed Al Hashlamoun.

Una breve reflexión sobre la psicopatía de Israel

8 de noviembre de 2023
Soldados israelíes apresan a un joven en la ciudad de Hebrón. Fotografía: Abed Al Hashlamoun.

En 1930, Albert Einstein expresó su preocupación por la escalada de hostilidad y violencia en Europa en una carta que envió a Sigmund Freud. En ella, le planteaba al neurólogo austriaco incertidumbres relacionadas con este tema. Einstein disertaba sobre la posible existencia de algún medio que permitiera a la humanidad liberarse de la amenaza de la guerra y cómo una minoría podía manipular a la gran masa del pueblo para satisfacer sus ambiciones, a pesar de que las guerras sólo trajeran sufrimiento, muerte y decadencia. La pregunta más impactante que formuló a Freud fue si había alguna posibilidad de condicionar el desarrollo psíquico del hombre de manera que este pudiera estar mejor armado contra las psicosis de odio y destrucción.

Por su parte, el padre del psicoanálisis ortodoxo concluyó en su respuesta a Einstein que los conflictos de intereses entre las personas solían resolverse, en principio, mediante la violencia; un fenómeno que también se observa en el reino animal, del cual el homo sapiens no puede excluirse. Sin embargo, en el caso humano, estas disputas interesadas se solapan en muchos casos con choques ideológicos que alcanzan niveles abstractos y requieren técnicas diferentes para su resolución. En los albores de la civilización, la superioridad de la fuerza bruta decidió la distribución de recursos y la voluntad que debía de ser respetada. Con el tiempo, esa fuerza quedó relegada a un segundo plano siendo reemplazada por las armas; aquellos que poseían las mejores habilidades o destrezas en su manejo saldrían victoriosos. Así, el derecho se convirtió en la fuerza de una comunidad.

Estas reflexiones de Einstein y Freud nos invitan a considerar las raíces de la violencia y la naturaleza humana. Al enfrentarnos al conflicto que Israel mantiene con Palestina, estas cuestiones ponen de manifiesto la urgente necesidad de abordar las causas subyacentes en esta pugna y trabajar en favor de una coexistencia pacífica y comprensión entre ambas comunidades. Sólo mediante el entendimiento profundo y el respeto podremos aspirar a un mundo donde el constreñimiento y la aversión sean superados por la empatía y la paz.

El pueblo judío ha vivido traumáticos episodios a lo largo de la historia, en especial durante el Holocausto, una herida inimaginable que dejó cicatrices imborrables en la memoria colectiva hebrea. Es precisamente aquí donde surge el interrogante de cómo una comunidad que sufrió tales atrocidades puede hoy infligir un sufrimiento similar al prójimo, como en el caso del pueblo palestino. Este fenómeno plantea cuestionamientos sobre la transmisión intergeneracional del trauma y cómo las experiencias pasadas pueden influir en las actitudes y comportamientos colectivos de carácter asesino.

La violencia y el trauma provocan importantes disfunciones en la psique humana, impactando no sólo a nivel individual, sino también en el grupo. Los trastornos pueden afectar tanto a personas como a comunidades enteras, distorsionando sus percepciones y conductas futuras. Además, los interrogantes éticos sobre la violencia y el conflicto nos allegan a un examen necesario de la moralidad de los actos perpetrados por los israelíes, y mucho más cuando se considera la historia y el sufrimiento ocurrido.

El enfrentamiento de Israel con Palestina nos urge a abordar las afrentas del pasado y trabajar incansablemente por una coexistencia pacífica y respetuosa. La educación, el diálogo y la empatía emergen como herramientas esenciales para superar los traumas y construir un futuro en el que la paz y el entendimiento prevalezcan sobre el ensañamiento. Sólo a través del reconocimiento del dolor compartido y el compromiso con el apaciguamiento se podrá aspirar a un mundo en el que los ciclos de violencia sean definitivamente interrumpidos.

El conflicto entre Israel y Palestina tiene raíces históricas complejas. A finales del siglo XIX surgió el movimiento sionista en respuesta al creciente antisemitismo en Europa, defendiendo el establecimiento de una patria judía en Palestina. La migración masiva de judíos a Palestina se intensificó, especialmente después del genocidio nazi, lo que provocó tensiones crecientes con la población árabe local. La partición de Palestina por las Naciones Unidas en 1947 provocó brotes de violencia, marcando el inicio de una lucha prolongada.

El Estado de Israel se fundó en 1948, basándose en la necesidad de un hogar para los judíos. Mientras, el pueblo palestino para argumentar su derecho a habitar el territorio se amparó en su larga historia en la región y en la expulsión de más de 750.000 palestinos durante la guerra de Liberación, conocida como la Nakba. Estos eventos se tradujeron en desafíos políticos y éticos que ponen en entredicho la legitimidad de la ocupación israelí, la construcción de asentamientos y las restricciones impuestas a los palestinos.

La comunidad internacional ha cuestionado en varias ocasiones la democracia representativa de Israel debido a la disparidad en el derecho de voto entre los residentes israelíes y los palestinos. Además, la ocupación continua y la construcción de asentamientos han sido objeto de duras críticas, junto con la negativa a permitir el retorno de los refugiados palestinos a sus hogares de posguerra. Los problemas históricos siguen alimentando la enajenación y la incertidumbre en la región.

La comparación entre el sionismo y el nazismo ha sido un tema recurrente digno de estudio, con figuras políticas y gobiernos, incluidos líderes del siglo XXI, poniendo en duda las políticas de Israel en relación con los derechos humanos. Recientemente, el presidente de Túnez, Kaïs Saied, señaló la ironía de la situación, recordando cómo los tunecinos protegieron a los judíos durante el Holocausto, pero ahora ven cómo mujeres y niños palestinos son bombardeados en Gaza.

Las declaraciones del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, enfatizando que los ataques de Hamás no surgieron de la nada, generaron controversia y llevaron a tensiones diplomáticas. Como respuesta a estas críticas, Israel ha roto lazos con la ONU y ha pedido la dimisión de Guterres, incluso negando visados a los representantes de la organización internacional.

Este deterioro en las relaciones entre Israel y la ONU plantea desafíos adicionales en la búsqueda de una solución pacífica. En última instancia, la comunidad internacional debe de abogar por el diálogo y la reconciliación para superar la discordia y volcarse en la consecución de un escenario donde la paz y la cooperación sean posibles.

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