¿A qué nos referimos al hablar de libertad?

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El ultraliberal Javier Milei, nuevo presidente de Argentina. Fotografía: Natacha Pisarenko.

El concepto de libertad es consustancial al ser humano. Desde esa perspectiva se desarrolla todo un sistema de convivencia que dota de estructura y de conciencia cívica a quienes lo habitan, dando la fuerza del concepto de libertad como elemento fundamental del desarrollo de lo social. La ética, la política, la justicia, dotan del caparazón que la libertad necesita para ser protegida, para alejarla del mal uso o garantizar su implantación para todas y todos los que viven en sociedad.

Pero pareciera que en los últimos tiempos, con el advenimiento, no sólo del neoliberalismo, sino de conductas que nacen de él para superarlo, el concepto de libertad se utiliza para fines que, al juzgarlos en sociedad, no son los propios que lleva aparejado.

Las últimas elecciones argentinas han erigido presidente a la figura polémica de Javier Milei que, en un discurso muy beligerante con lo social y lo económico, ha empleado el término libertad para levantar a las masas deseosas de un cambio en el país. Pero esa libertad lleva aparejado una reducción de su capacidad real, porque nace de una situación de repulsa a un gobierno que, convendremos, ha desarrollado sus políticas para dotar de libertades a los argentinos y las argentinas. Luego la libertad que propone Milei es una libertad encapsulada, una libertad iracunda y rancia que destaca una apuesta por la idea de que la libertad individual, la que no casa con el concurso de lo ético o de lo social, se tiene que imponer, definitivamente, sin tener en cuenta al otro, defendiendo al individuo alejado de las leyes que lo hacen social para transfigurarlo en un individuo enfrentado a cualquier idea de libertad que no satisfaga sus necesidades, incluso las menos éticas, las antisociales en una sociedad de igualdades y derechos.

Pero esta transfiguración del concepto no es original de Javier Milei. Donald Trump ya había empleado la libertad como arma arrojadiza frente a los demócratas en unas elecciones que le dieron la presidencia de Estados Unidos y que, ahora, salta a la información de la misma manera. Sus bazas políticas desprenden el tufo de la libertad amañada, desfigurada, parcial y antisocial como una revolución que, en suma, goza de aceptación entre la población más conservadora. Podemos decir que el conservadurismo y la libertad entendida como tal son elementos antagónicos en su desarrollo.

Se ha nacido a la puesta en valor de un nuevo concepto de libertad que beneficia sólo a una parte de los que quieren alcanzar la condición de libres, sin interferencias en su desarrollo, sin trabas de carácter común que la ensucien.

Isabel Díaz Ayuso también ha sido uno de esos exponentes de defensa de la libertad como idea reduccionista. En su campaña electoral por el gobierno de la Comunidad de Madrid la empleó para levantar el espíritu libre de tomar cerveza sin atenerse a las restricciones de la covid-19, o la libertad de poder pasear por Madrid sin encontrarte con tu ex. Pero cuando se interfiere el concepto de libertad se corre el riesgo de amplificar su maldad en el discurso político, entre otras razones, porque quien lo emplea es la parte más fortalecida en su beneficio. Y la libertad se ha utilizado hasta los últimos días en los que un grupo numeroso de fascistas la invocaba para satisfacer sus odios hacia un gobierno nacido democrático y amparado por la Constitución para la buena marcha de los derechos y deberes del ciudadano. No importa, el concepto tiene una carga de acción directa sobre el otro que lo envuelve en conservadurismo y, por tanto, en crítica social al bien común, la utilidad pública y la voluntad de la mayoría.

Luego esa libertad también nacía de la misma madre que las de Javier Milei y Donald Trump, tenía el mismo ADN, gozaba de las mismas bases críticas y se creaba para los mismos fines.

No estaría de más actualizar determinados conceptos que nos hacen fuertes en sociedad, blindando cualquier posibilidad de reinterpretarlos para el beneficio de una parte, y lanzar una oportunidad para el análisis social de determinadas conductas, aclimatar el lenguaje en su justa medida, iniciar un proceso de autentificación de algunas ideas que nos hacen fuertes en lo ético, en lo social y, por supuesto, en una base estética del individuo que marca el ritmo del desarrollo futuro de Argentina, Estados Unidos y España. Los focos de uso del concepto de libertad, fuera de la idea que el concepto plantea, están beneficiando comportamientos de odio, hostiles, iniciados en defensa de su propia necesidad sin tener en cuenta (o discriminando) al que piensa diferente, al que actúa diferente, al que vive diferente. La libertad, bien entendida, nos iguala en derechos y nos trasforma en lo ético hacia sociedades modernas y representativas de conductas humanistas.

No olvidemos la fuerza real de los conceptos que utilizamos. Su universalidad los hace necesarios porque, si rompemos los espejos que nos devuelven nuestra identidad social, estaremos en trance de no reconocernos. Esa “libertad, carajo” no representa la verdadera idea de libertad.

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