Manifestantes con carteles contra el Islam frente a una mezquita en Berlín. Fotografía: Gero Breloer.

La islamofobia en las sociedades occidentales

26 de febrero de 2024
Manifestantes con carteles contra el Islam frente a una mezquita en Berlín. Fotografía: Gero Breloer.

En “Campo de minas” (Alianza Editorial, 2019), libro que recoge la conversación epistolar entre Élisabeth de Fontenay y Alain Finkielkraut, dos destacados pensadores franceses, este último aborda un asunto de crucial importancia para comprender el ritmo identitario de nuestras sociedades occidentales.

Como justificación ante los últimos ataques terroristas desarrollados por el islamismo, y sobre la premisa de que se producen por una defensa de la idea de protección frente al capitalismo, a la discriminación social y a la consiguiente exclusión de los supuestos avances de occidente —tan traída para justificar los atentados terroristas de la rama islámica por la izquierda en Francia— antepone una cuestión mucho más importante: La defensa de la identidad que tiene que ver con la protección de los valores que esa comunidad defiende, con una fundamentación ideológico-religiosa, con el peso de la creencia como fundamento indispensable ante los resortes de una sociedad que dota a sus individuos de derechos tales como el aborto, el matrimonio homosexual, las leyes que defienden la igualdad entre sexos, etcétera. Todos ellos caídos como bombas de racimo sobre las hojas del Corán.

Una legislación que choca de manera evidente con los valores de la tradición islámica y que, por tanto, consolida una defensa a través del ataque para preservarlos.

No habla de exclusión en el liberalismo imperante, ni discriminación social y económica de la periferia parisina y los focos de acción terrorista de otras ciudades, sino de una contestación a lo occidental, a la occidentalización del mundo, un mundo dotado de libertades y derechos que dificultan el entendimiento de la religión islámica.

Este discurso, protagonista después de los últimos atentados islamistas en suelo francés, se está asentando en un numeroso grupo de intelectuales. Sus razonamientos están siendo asumidos también como la confirmación de algunos movimientos de extrema derecha, como el caldo que alimenta las repulsas sociales ante la inmigración musulmana y la proliferación de leyes que no dificultan su permanencia en suelo francés. Se está cargando de energía una acción social de discriminación que, en definitiva, cuenta con las mismas características que aquella a la que recriminan: Consolidación de los valores occidentales, sentimiento de pertenencia patriótica y exclusión de todo aquello que ponga en peligro la identidad como país. ¿Les suena de algo?

Las políticas de Israel respecto a Gaza para seguir con la colonización de un territorio ocupado, tienen como característica principal la proliferación de consignas de identidad nacional y de defensa de la pertenencia a lo judío. Sabemos que esta defensa conlleva la expulsión de todo aquel que suponga un peligro para la acción, para la consolidación de sus estrategias de defensa, para aquellos que osen criticar sus capacidades de destrucción amparadas en la protección de sus ciudadanos.

Hablamos entonces de un mundo que se va consolidando geopolíticamente a medida que crecen estos sentimientos que involucran valores, religión, pertenencia e identidad.

Lo que está abriendo espitas de odio no es, o no solo, la proliferación de un capitalismo acuciante para las clases sociales más deprimidas, sino un mecanismo de repulsa a la diversidad, de cerrazón para no permitir la interculturalidad, de olvido de la capacidad de dialogar.

La defensa de los valores del islamismo choca frontalmente con los valores occidentales, y no podemos hablar entonces de integración cultural de la misma manera que no hablamos de interacción comunicativa con el terrorismo. No es fácil encontrar una solución si crece este sentimiento que vengo exponiendo y que Finkielkraut desarrolla en su conversación epistolar; pero deberíamos tratar de entender los mecanismos que ponen de manifiesto las acciones de unos y de otros y fomentar climas de diálogo que favorezcan el acuerdo entre los valores, las religiones, la pertenencia y la identidad de cada pueblo, siquiera para defendernos de las muestras de exclusión de unos y de la actividad terrorista de otros. Pero, para eso, es necesario estar dispuestos a entender y aceptar, que es mucho más importante que actuar para integrar.

El mal supremo de nuestra época, dice Finkielkraut, no es la explotación sino la exclusión. Tenemos una tarea difícil por delante para la que, me temo, no estamos preparados.

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