Una mujer palestina en el devastado campo de refugiados de Yenín. Fotografía: Jaafar Ashtiyeh.

Del Holocausto al actual genocidio sionista

17 de enero de 2024
Una mujer palestina en el devastado campo de refugiados de Yenín. Fotografía: Jaafar Ashtiyeh.

Cuando hace años entré en el Museo Judío ubicado en Berlín, se me pusieron los vellos como escarpias. Nunca he visitado un edificio que me haya generado más sensación de inestabilidad, de pérdida de identidad. Pasillos negros muy largos e inclinados; escaleras que acaban en una pared tapiada; inexistencia de ángulos rectos o habitaciones brunas y de altísimas paredes de hormigón. Por todos lados el espanto del Holocausto: el dolor de la vida cuando no es vida. El sufrimiento del pueblo judío en la piel, en los pelos que se me erizan, en el talante que se me agria…, como si llevara cosida en la manga la estrella de seis puntas, amarilla, que observé en una vitrina y que dice textualmente: Jude.

Seis millones de judíos muertos: gaseados, tiroteados; su grasa utilizada como jabón; sus cuerpos utilizados para el avance de la ciencia médica; la manifiesta cosificación del ser humano. Sólo he padecido sensaciones similares al deambular con el corazón y el ánimo encogidos por los campos de exterminio de Terezín en Chequia y Auschwitz en Polonia.

Y traigo a colación estos ejemplos, porque, si uno escucha las noticias de acá y de allá en estos momentos, el mal existente en la condición humana siempre prevalece sobre el bien, y sólo por una maldita razón: la conquista del poder, el mantenimiento de algunos en el cargo que ocupan y la insaciabilidad de los que cosechan dinero aunque en ese afán recaudatorio mueran millones de personas ―de inanición, atenazados en bolsas de miseria y rodeados de la destrucción que producen aviones militares, morteros, bombas convencionales o dirigidas por satélite, drones y todo el repertorio de artefactos que engendra la industria armamentística: una de las más boyantes del mundo, en cuyo Top 10 y no quiero olvidarme, está España a día de hoy―. Todo ello salpimentado por el odio al diferente, al otro.

Qué laberinto también el de los dioses, ¿verdad? ¿O es el dinero el único dios sobre la tierra y, por tanto, la reconciliación no es posible y la guerra necesaria?

Y traigo esto a colación, porque, no entiendo cómo, después de lo que sufrieron los judíos en la Europa de la que quiso adueñarse el movimiento político y social del Tercer Reich, de carácter totalitario, pangermanista y racista, Israel siga hostigando de la manera que lo hace a la Franja de Gaza, ocupando territorios ante la pasividad de la comunidad internacional.

La osadía totalitaria, racista y xenófoba del que ahora lidera su destino, cuyo nombre es Benjamín Netanyahu, ha dejado ya más de 23.000 muertos de los cuales más de siete mil son niños, que, desde luego, no son terroristas ni mucho menos. La acción de Hamás que sirvió de espoleta para este desaguisado fue execrable y hay que acabar con dicho grupo terrorista, sin duda; pero, no de esta forma, no. No llevando a cabo en contraprestación un terrorismo de Estado. Jamás se podrá justificar hoy ni en el devenir, la tamaña sangría que el actual gobierno de Israel está causando.

¿Cómo puede razonar Israel lo que está haciendo con Palestina y ser creíble? ¿Cómo?, me pregunto; además, con el visto bueno de Occidente incluyendo a los Estados Unidos. Explíquenmelo de forma que pueda entenderlo.

Negocio, expansión, aniquilación… debo concluir; no me dejan otra opción, aunque me maten. Y no me voy a callar, tendrán que hacerlo para silenciarme si lo entienden oportuno. Todo en el orbe es un puñetero negocio por desgracia, y, a pesar de lo que ocurrió antaño con el pueblo judío, está claro que el pretérito puede olvidarse si interesa económicamente, porque, esa es la raíz: la génesis de lo que hablamos ahora, una vez más, otra. El maldito dinero y el acrecentamiento de las cuentas corrientes de algunos. Nada más.

Me inquiero, en este momento en el que escribo, ciertamente apesadumbrado por las imágenes del genocidio que se está cometiendo con los palestinos ante nuestros distraídos ojos, qué pensaría Primo Levi y muchos otros judíos que sufrieron los tormentos de los nazis y salieron vivos de tal horror si pudieran visitar en estos momentos Palestina. ¿Qué dirían? ¿Qué escribirían? ¿Qué opinarían sobre el comportamiento inhumano y cainita del dictador Benjamín Netanyahu?

Anoche vi otra vez “El huevo de la serpiente” de Ingmar Bergman. Y nada ha cambiado en el mundo excepto los nombres y apellidos de los actores secundarios: de aquellos que mueren ante la pasividad de todos.

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