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Una sinfonía de ritmo, erotismo y rebelión

La película “Pobres criaturas” de Giórgos Lánthimos, protagonizada por Emma Stone, ofrece un cautivador viaje de autodescubrimiento y empoderamiento en un intrigante escenario cinematográfico

9 min de lectura
Fotograma de la película “Pobres criaturas” (2023), de la cineasta griego Giórgos Lánthimos.

No consigo precisar cómo y cuándo llegué al archipiélago de Lánthimos. Por raro que parezca, tampoco tengo claro si lo hice a través de “Canino” o de “Alps”, pues ambas películas se produjeron en un breve lapso.

Quizás, en otro momento, ahonde en la súbita impronta que experimenté al contacto con su estilo. Es decir, la sacudida de aquella primera escena que me convirtió en incondicional suya; quería todo cuanto viniese de este director griego, y lo quería con fruición. Pero ese es un hilo del que prefiero tirar en otra ocasión.

Apenas iniciado 2024, Giórgos Lánthimos nos presenta su octavo filme “Pobres criaturas”: la mejor propuesta, sin exagerar, de este año. Y lo es ya, por tres factores determinantes; su impecable guion, adaptado por Tony McNamara de la novela homónima a cargo de Alasdair Gray (sosias a su vez del Frankenstein de Mary Shelley); vaticinio del Óscar a la mejor actriz para Emma Stone; y una fotografía-escenografía llamada a reescribir los últimos doscientos años del mundo del arte, como si Fellini, Gaudí, H. G. Wells, Lempicka, Ravel, Julio Verne, Lewis Carroll o Edgar Allan Poe se hubieran confabulado para rediseñar, a través del ojo de (un) pez, sus memorables decorados.

La historia, en clave steampunk, nos sitúa sin precisión en época victoriana, definiéndose entre la comedia ácida, la fantasía, la ciencia ficción, el romance gótico, el misterio dramático y la épica, sin que ninguna de estas etiquetas pretenda clasificarla. Tan ecléctica y salvaje como su propio director, criticado una vez más —recordemos los enfados que “La Favorita” cosechara no ha tanto— por quienes aún no se han enterado de que el griego hace y deshace lo que le sale del nabo.

Y es que erigirse en censor de tal o cual artista ya consagrado, siempre que este ose innovar sin el permiso de sus reaccionarios avalistas, parece haberse convertido en la penúltima tendencia.

—¡He visto todas las de (según proceda) Lánthimos, von Trier, Wes Anderson, Almodóvar…, y últimamente me están decepcionando!

Eso sí, si algo se puede certificar como una constante a lo largo del metraje es su carácter subversivo, abordando desde una valentía ideológica inusitada en producciones con pretendida proyección internacional temas tan controvertidos como la prostitución “elegida”.

Esta denodada alegoría sobre el creciente retroceso a favor del patriarcado hegemónico, se manifiesta poniendo contra las cuerdas tanto al machismo misógino como al feminismo paternalista; padre y madre del puritanismo respectivamente.

Un tratado que contrapone el padecimiento y los sacrificios a los que nos sometemos por mandato de los dogmas judeocristianos a la búsqueda del placer a través del onanismo y el sexo libre. Todo ello en ausencia del conflicto cognitivo asociado a las contradicciones que surgen en el individuo toda vez que sus conocimientos previos y sus nuevas adquisiciones colisionan, puesto que la protagonista —resultante de implantar el cerebro de un bebé en el cuerpo de una mujer joven— carece de tal noción.

Bella Baxter (Emma Stone) se nos presenta de hecho encarnada en un sujeto virginal; el raciocinio humano como un lienzo en blanco sobre el cual construir la identidad de una adulta ávida de descubrir el mundo.

La película es en conjunto un exquisito buqué visual y sonoro que hará las delicias del espectador más exigente. No obstante, si algo sobresale por encima del resto es la magistral interpretación de una Emma Stone en estado de gracia desplegando su apabullante capacidad para disciplinar el cuerpo, en tanto que ejecuta la coreografía plástica que habrá de llevarla del bebé balbuceante a la mujer empoderada hecha a sí misma y cuyo lenguaje —también oral— se enriquece exponencialmente a medida que avanza la trama. No hablo únicamente de la desnudez ni de la abundancia de escenas lúbricas, aunque ésta exhiba desinhibida su dominio de la retórica erótica para deleite de los y, por qué no, las espectadoras, sino de su capacidad para ejecutar acciones tan absurdas como ridículas.

Su personaje, una mujer con la mente de una niña, crece a la suerte de su celoso mentor, el doctor Godwin Baxter (Willem Dafoe). En un momento determinado, la iniciada da con el petulante y canalla abogado Duncan Wedderburn (Mark Ruffalo), quien encuentra embriagadora su ingenuidad, mientras ella se deja conquistar bajo la promesa del aprendizaje sexual.

Resulta gratificante comprobar cómo la acción nos muestra a una Bella absolutamente dependiente del donjuán envanecido, para acabar con la mente expandida observando con cierta lástima a su otrora vigoroso amante, transmutado en un ser patético e inseguro dispuesto a odiarla con denuedo.

La metáfora aquí es plausible; Bella representa la feminidad victoriana, una mujer adulta infantilizada, empujada por hombres controladores a vivir su vida como una niña que encuentra la redención al tomar el control de su destino, cuerpo y mente de manera autodidacta. Acicateada por un feroz acceso de apetito de orgasmos, de conocimientos, de viajes, que apacigua al embarcarse en su particular odisea de autodescubrimiento, empoderamiento, conciencia política y liberación sexual.

Es en el momento en que Bella inicia su viaje, cuando la paleta de grises londinense predominante en la mansión-prisión torna progresivamente —también a través del fabuloso vestuario y sus ya míticas mangas abullonadas, factura de Holly Waddington— a la luminosidad del mundo de Oz. Del monocromo a los saturados de una Lisboa bulliciosa y vibrante donde la inconmensurable Carminho entona un fado bajo los tranvías —aquí— suspendidos en el cielo luso, y de ahí a un crucero rumbo a Alejandría, desde cuya cubierta contemplamos un cielo nocturno en aguas del Mediterráneo, de una belleza tal que ni el mismísimo van Gogh se habría atrevido a soñar. Para finalizar con los azules plomizos del gélido París de principios de siglo, nimbando sus céntricos burdeles y sus avispadas señoritas, para hacer que cada fotograma parezca una pieza de postal erótica victoriana teñida cuidadosamente a mano.

Ganadora incontestable de la 80ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia (ocho minutos de aplausos avalan mi aseveración), “Pobres criaturas” se presenta enérgica, extravagante, sucia e inteligente, con la firme voluntad de una guantada que pone de manifiesto la desigualdad social, la complejidad de las relaciones afectivas, la memoria y la búsqueda de la identidad propia durante algo más de dos horas que jamás se harán cortas.

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