El canto del cisne de Volodímir Zelenski

La Unión Europea envía fondos para armamento a Ucrania, mientras que Estados Unidos y Alemania instan a Zelenski a negociar. Rusia avanza en la guerra. Joe Biden enfrenta una crisis internacional

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Volodímir Zelenski y Joe Biden en el despacho oval de la Casa Blanca. Fotografía: Kevin Lamarque.

La decisión está tomada. A pesar de que la Unión Europea acaba de decidir que enviará unos cuantos millones de euros a Ucrania para que Zelenski pueda seguir comprando material bélico que emplear contra Rusia, desde el Pentágono y la Casa Blanca ya le han mandado el recado al presidente de Ucrania: Que vaya estudiando la posibilidad de negociar el fin de la guerra, incluso perdiendo territorios, porque es mucha la sangría económica que supone el conflicto y no se vislumbra ningún avance en las posiciones a favor de Kiev, lo que podría significar el final del conflicto, salvo que sucedan hechos inopinados.

Las advertencias a Volodímir Zelenski ya las había hecho Alemania, uno de los países que más ha sufrido en carne propia las consecuencias de la guerra, hasta el punto de que es el único país de la zona euro cuyo crecimiento económico en el último trimestre de 2023 resultó negativo (-0,3%, mientras que España experimentó una subida del 2,5%). Cuando el canciller Olaf Scholz le sugirió a Zelenski que negociara, incluso cediendo territorios, el líder ucraniano se enfadó y puso el grito en el cielo, creyendo que se trataba sólo de un globo sonda para tantear su respuesta. Pero no se trataba de un tanteo, sino de una advertencia clara y consensuada con otros países.

Estados Unidos, por ejemplo, sigue la estela germana y plantea la necesidad de acabar ya con esta situación que supone grandes pérdidas económicas para los países occidentales. Mientras, Rusia parece no estar sufriendo mermas tan importantes como suponían los impulsores de la defensa de Ucrania y sobre todo la OTAN, que perseguía ocupar territorio ucraniano para instalar bases militares y tener a tiro al Kremlin.

La determinación tomada por Washington de dejar de poner pasta compromete seriamente a los dirigentes comunitarios y, en especial, al responsable de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, que ha desvelado su lado más belicoso y su respaldo sin fisuras a Zelenski y su país, a pesar de que algunas naciones que integran la Unión Europea no quieren que se siga poniendo ni un euro más para sostener políticamente al Gobierno de Kiev.

Pero es que, además a Joe Biden se le acumulan los problemas internacionales. A la guerra de Ucrania hay que sumar el conflicto de Gaza, donde respalda incondicionalmente a los invasores sionistas. En este sentido, el presidente norteamericano no tiene dudas. Mientras que con Ucrania tiene que rascarse los bolsillos, el grupo de presión sionista de los Estados Unidos tiene suficiente efectivo para dar y repartir. Y da lo mismo republicanos que demócratas. Los donativos a los políticos de ese país no tienen color político.

La única dificultad estriba, posiblemente, en la industria bélica estadounidense, que siempre se beneficia de los problemas que conducen a las guerras. Podrían plantear seguir vendiendo armas para la paz futura con el fin de no perder mercado, pero tienen bastante negocio con la guerra de Gaza y otros choques en todos los países del mundo y, además, el armamento que entregan a Ucrania termina cayendo en poder de los rusos.

Todos los indicios apuntan a que este va a ser el canto del cisne de Zelenski, porque si no avanza en las posiciones militares para recuperar territorio y tiene que negociar, se encontrará con que deberá ceder Crimea y el Dombás a Vladímir Putin y hacer un gasto extraordinario para rehabilitar las ciudades y los pueblos completamente destruidos por los bombardeos.

Y eso, además, contando con que Putin quiera negociar, incluso con los territorios agregados, puesto que Rusia está ganando la guerra y le interesa que se alargue unos cuantos años dado que podría apoderarse de toda Ucrania y así terminar con un problema que le está rondando desde hace casi diez años. Kiev se incorporaría a la Federación de Rusia con cierta autonomía si Moscú termina haciéndose con el control, dándole a la OTAN y a Estados Unidos con un palmo de narices, porque perderían la hegemonía en la zona y se verían forzados a modificar sus objetivos militares. Para los estrategas de la geopolítica, el asunto está más que animado.

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