Reversiones: el renacer del salvajismo humano

El derecho internacional agoniza, mientras cedemos ante la barbarie y la tiranía. En nuestra pasividad cómoda, permitimos atrocidades. Olvidemos las etiquetas, retrocedemos a las cavernas sin retorno

3 min de lectura
Fotograma de la película “La naranja mecánica” (1971), de Stanley Kubrick.

Puede que no lo advirtamos o que no queramos verlo. Pero, cuando se castiga impunemente a un solo ciudadano o se fustiga sin piedad a un pueblo, se está agraviando a todos los ciudadanos y ofendidos deberían sentirse todos los pueblos. Porque, hoy son ellos, pero mañana podrían ser nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestras familias o nosotros mismos los hostigados y no tendremos argumento alguno para clamar que nos socorran.

El Derecho Internacional anda herido, destrozado, inutilizado, convertido en un legajo de papeles sin fundamento y solamente quedan en pie la barbarie y la tiranía, la ley del más fuerte al que habremos inevitablemente de someternos. Y entonces podrán destrozarlo todo, matar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros amigos, a nuestros conocidos, reescribir la Historia, quedarse con nuestras casas, hacerlas ceniza, destruir escuelas, carreteras, puentes, hospitales, catedrales, mezquitas, sinagogas o pagodas, universidades, fábricas… lo que quieran, y a la sazón, claro está, tampoco acudirá nadie a nuestro lamento ni encontraremos lugar alguno en donde reposar el cuerpo.

Imposible será encontrar la paz que selle tantas heridas una vez visto y consentido y asumido, que, ante lo que le hacen a los demás, a todos esos otros ciudadanos en los que no queremos pensar, en cuyos pellejos no queremos encontrarnos, usted y yo nos quedamos quietos, sedados en nuestras áreas de confort sin siquiera alzar la voz ante una hecatombe de la magnitud que estamos viendo en la Franja de Gaza o en Ucrania, por poner sólo dos ejemplos.

La humanidad ha entrado de nuevo en una etapa de barbarie donde el más fuerte impone al débil cuáles son los deberes, qué debe hacer a cada instante, qué pensar, cómo llamar a las cosas, hasta qué hora puede andar por las calles, cuándo trabajar o descansar, cuándo rezar y de qué manera si así lo desea, o cuándo comer porque no tiene con qué hacerlo.

No nos engañemos más, vamos hacia una pérdida progresiva de libertades, hacia una privación de todo derecho en función de las necesidades de los poderosos sean estos quienes fueren; olvídese de una puñetera vez de etiquetas. Hemos vuelto a las cavernas, sí, y Platón no se sentiría orgulloso de nosotros ni mucho menos.

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