Un breve examen de la cara B del nazismo

La opresión palestina refleja la exclusión del sionismo, contradiciendo el pasado de Israel como víctima del nazismo. La expansión territorial y la negación de un estado palestino son preocupaciones actuales

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Benjamin Netanyahu, visita a los soldados de las FDI en el frente de Gaza. Fotografía: Avi Ohayon.

Se atribuye a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del nazismo, la exaltación de los valores de una buena publicidad. Aunque el discurso en cuestión pretendiera justificar lo que más importaba a quienes enviaban los mensajes —es decir, que el fin justificaba los medios y cualquier método era válido para que el nazismo alcanzara sus objetivos—, la verdadera justicia de esta propaganda dejó mucho que desear.

El nazismo fue derrotado militarmente y parecía que también políticamente. Sin embargo, resulta curioso observar cómo ha resurgido, esta vez de la mano de aquellos que se suponía eran las principales víctimas del régimen de Adolf Hitler: los judíos. En su vertiente sionista, han adoptado prácticas similares a las de quienes perpetraron el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose así en la cara B del nazismo.

El nazismo y el sionismo comparten una característica fundamental: su naturaleza excluyente. Mientras que los nazis marginaban a los judíos, los sionistas excluyen a aquellos que no son judíos. Las últimas decisiones del Estado de Israel respaldan las preocupaciones sobre el totalitarismo hebreo, al limitar el país como un territorio exclusivamente destinado a quienes profesan esa religión o pertenecen a esa etnia.

La naturaleza del sionismo como una réplica del nacionalsocialismo se evidencia en la forma en que las fuerzas del Estado de Israel tratan a los palestinos y a los habitantes de Gaza y Cisjordania, a quienes no sólo se les ha usurpado su tierra y sus pueblos, sino que también son sometidos a una tiranía despiadada y se les obliga a abandonar lo que, para el sionismo más criminal, constituye “la tierra prometida para el pueblo elegido por Dios”.

El proceso de robo del territorio palestino no es un fenómeno reciente ni se limita al período posterior a la Segunda Guerra Mundial; de hecho, se ha desarrollado durante más de un siglo, a consecuencia de la Declaración Balfour y de la decisión británica de que los judíos tendrían su patria en Palestina. Primero, intentaron comprar las propiedades de los habitantes locales, pero al no lograrlo en la medida deseada, optaron por tomarlas por la fuerza, respaldándose en la doctrina sionista promovida por Theodor Herzl durante el último tercio del siglo XIX.

La expansión territorial de Israel ha sido gradual y, ahora, contradiciendo el espíritu de la creación de Israel en 1948, los sionistas reclaman Jerusalén como capital del país, expulsando a los palestinos que han vivido allí durante generaciones. La reciente decisión del Parlamento de Israel de oponerse, con un respaldo del 82%, a la creación de un estado palestino, subraya la naturaleza terrorista de la mayoría de la sociedad del país con capital en Tel Aviv.

A veces, la historia se comporta de manera injusta con los oprimidos y puede ser caprichosa al transformar a las víctimas en verdugos cuando los intereses económicos e ideológicos prevalecen. Israel no puede apelar a su pasado como víctima del genocidio nazi cuando sus acciones reflejan un comportamiento similar al de los jerarcas nazis. Estoy seguro de que Hitler estará disfrutando en el infierno al ver que Goebbels tiene ahora un numeroso grupo de sucesores, cuyo poder económico les beneficia de manera similar a como ocurrió en Alemania en 1933.

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