El valor del lenguaje y la comunicación política

La función gremial, esencial en la interacción humana, también desencadena mecanismos defensivos naturales. El miedo al cambio y la incomunicación son barreras para una sociedad progresista

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Santiago Abascal y Javier Milei, en una imagen compartida por el presidente de Vox en la red social X.

Hay una función que activa al ser humano a la relación con los otros, una estrategia que podemos llamar gremial que hace posible la interacción entre las personas y que, con ella, nos vamos constituyendo como seres humanos en sociedades y en núcleos poblacionales.

Pero esta función conlleva también un mecanismo de defensa que trata de poner coto a aquello que puede interferir en nuestra vida, a aquella acción contraria a la nuestra que modificaría la actitud y el conocimiento, o que sería negativa para acompañar nuestra manera de entender el mundo. Por acción u omisión vamos acotando lo que nos rodea para protegernos de lo que, o bien no somos capaces de entender o nos despierta sensación de peligro o no nos interesa demasiado. Y en esta acción se evidencia un abandono notable de la comunicación.

Las sociedades en las que anida este reconocimiento de lo dañino son sociedades que potencian un fuerte sentimiento de autodefensa, sea esta entre individuos, entre regiones o entre países. Incluso podemos hablar de una permanente incomunicación que cala en los contextos más primarios del aprendizaje. Nos alejamos de lo desconocido o nos prevenimos ante lo extranjero con una suerte de autoafirmación del yo que construye un muro tenaz para no dejar pasar nada que pueda alterar, ni mucho ni poco, nuestra visión personal de las cosas; ignorando que todo lo que altera construye aprendizaje.

La política no es ajena a esta curiosa evolución de lo social porque arraiga directamente en las actitudes y en las necesidades de los pueblos que gobierna, legisla en base a los peligros que acechan o fomenta discursos de protección. La derivación más probable en este contexto es la que nace de los conflictos armados, que no son más que la respuesta violenta ante el miedo a la acción enemiga.

Una sociedad temerosa es una sociedad incomunicada por temor a establecer diálogos de aproximación, es una muestra clara de aislamiento que justifica su aislamiento, de complejos de superioridad o de inferioridad que provocan respuestas de ataque y de defensa. En definitiva, una sociedad temerosa es una sociedad muerta.

¿Y qué idea podemos sacar ahora de las actitudes del mundo, de los países orientales u occidentales, de los individuos que los habitan, si no es la de pensar que han abandonado la palabra? ¿Podemos pensar que existe una actitud política de reconocimiento del otro a favor de una construcción global de asimilación del otro? ¿O hablamos de dolor, de daño, de autodefensa, de miedo y conflicto?

Guatemala, Ucrania, Palestina, Israel, Níger, Siria, pero también una cada vez más explícita y regenerada Guerra Fría en territorio OTAN, o las actitudes nacidas de la política en nuestros países democráticos, están describiendo una situación de abandono de la palabra donde el protagonismo se asume desde lo político carente de capacidad de interlocución, carente en definitiva de diplomacia.

Nacemos, con el permiso de algunas teorías roussonianas, para formar parte de una sociedad que va germinando en nosotros la naturaleza de seres sociales, de responsables de la acción del grupo, de unidades de lo plural y de reconocimiento, de individuos dotados de capacidad ética y de lenguaje que nos hace humanos.

Pongamos a trabajar todas estas cualidades, las donaciones de ese deslumbramiento, para argumentar las bases de la convivencia.

Soy de los que piensan que ciertos postulados de defensa del humanismo, la ecología y la relación que establecemos con lo natural, el discurso de afirmación del feminismo, la defensa de la paz frente al militarismo, la fe en el ser humano que no sólo comunica, sino que aprehende, son piezas fundamentales para atacar la construcción del futuro con ciertas garantías. La política tendría mucho que decir, pero no en condiciones de aislamiento, enfrentamiento y animadversión, no en el conflicto y la respuesta airada o violenta sino en la búsqueda de una verdad compartida, en los asuntos derivados de la necesidad de gestionar conocimiento.

Echen un vistazo desde esta reflexión y apuesten por alguna posibilidad de cambio. A todo o nada, desde luego. Ya me dirán.

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