El caso Koldo, un puente entre ética y política

Los debates basados en criterios éticos fortalecen la política y promueven discursos inclusivos. Es esencial discernir entre lo ético y lo no ético para garantizar una convivencia armoniosa y una sociedad más justa
3 de marzo de 2024
En la imagen, el exministro de Transportes José Luis Ábalos, implicado en el caso Koldo. Fotografía: Eva Ercolanese.
El exministro de Transportes José Luis Ábalos, implicado en el caso Koldo. Fotografía: Eva Ercolanese.

Siempre he creído en lo positivo que es abrir debates apoyados en criterios éticos, en lo que aportan a la construcción del ser humano, en la medida que definen nuestro comportamiento y, con él, la convivencia como estado natural.

Discernir entre lo ético y lo no ético significa también apoyar una defensa de la política en sentido amplio, construyendo discursos que aportan y garantizan la visión global de cualquier estrategia. Desde lo ético estamos dando carta de naturaleza también a lo humano como característica principal del yo en el nosotros.

Somos, por tanto, construcciones éticas en un mundo legislado por quien nos gobierna; pero esa particularidad está por encima de las acciones de gobierno; es más, las matiza y les otorga beneficio o repulsa.

Después de la aparición en los medios del llamado caso Koldo, asistimos a la llama de un debate que se apagó a las pocas horas, la dimensión ética de los hechos probados o por probar. Un discurso en el que ese elemento de análisis quedó silenciado por toda una batería de investigaciones judiciales y de columnas en prensa escrita que emancipó el posible inicio de un proceso de reflexión ética a favor de un trasunto meramente político, de responsabilidad política. Fue entonces la función más elemental del discurso entre los partidos lo que se impuso a la fuerza de la reflexión sincera, la puesta en marcha del ventilador de las acusaciones y la fiereza en el juicio y en el argumentario de unos y otros.

Hubiera sido una buena oportunidad para exponer un análisis detallado desde postulados éticos, desde la conciencia social que ejemplifica la máxima aquella que dice que debes actuar de tal manera que tus actos puedan convertirse en leyes, o aquella otra que dicta la sentencia “de nada demasiado” como la verdadera propiedad particular ante la cual se establece la barrera entre un comportamiento ético y otro que no lo sea, por poner sólo dos ejemplos. ¿Se imaginan a un presidente de cualquier gobierno dando carta de naturaleza a la posibilidad de detenerse para pensar desde lo ético, invitando a los ciudadanos a reflexionar durante una semana para buscar argumentos de culpabilidad o de inocencia?

Soy de los que piensan que para afianzar un buen planteamiento desde la política, primero tendríamos que ser capaces de edificar una conducta ética desde la cual dar entidad a nuestras naturalezas políticas. Y no podríamos entender de otro modo nuestra implicación social, porque es esta la que matiza y fortalece cualquier juicio ético.

Pero es cierto que la sociedad que ahora vamos pisando no tiene mucho que ver con aquellas que dieron potestad a la conducta de los grandes pensadores, que la hicieron suya; ni aquella en la que Sócrates, imbuido por un tenaz juicio ético, asumió la necesidad de su muerte. Qué excelente baluarte de eticidad, diríamos.

El caso Koldo hubiera tenido esa especial manera de acercarse a tan necesaria particularidad para argumentar desde ella, pero, en cambio, la dejamos pasar por un puñado de insultos y de guerra insolente entre el que ataca y el que se ve atacado, entre el que es pillado en una anomalía y el que trata de sacar rédito político de tales asuntos. La naturaleza de la política viene siendo así.

Pero lo ético, el juicio que de él de deriva, debería contener la capacidad de un análisis, de reflexiones que saltaran del embadurnado territorio de la política al de los hombres y mujeres que construyen sociedad. Del yo del partido político al nosotros de la ética

¿Qué es ético en el comportamiento de los implicados en el caso Koldo y cuál es su responsabilidad política? ¿Hasta dónde llega el juicio penal y hasta dónde el social? Si pensamos que la disyuntiva no existe y que lo político debe ser también lo ético, del mismo modo que lo penal también lo social, estaremos llegando a un punto interesante que hemos obviado en estos días.

Juzgar desde lo penal otorga el cumplimiento de la Ley, pero juzgar desde lo social, construye seres humanos activos en la defensa de lo ético.

Es muy probable que en los próximos días advirtamos de qué manera se despeja el entramado del caso Koldo, asistamos a los informes judiciales y policiales que caerán como losas encima de los implicados, veamos dimisiones y salidas de tono propias de la capacidad de algunos de nuestros políticos. Pero no estaría de más que, entre todas y todos, fuéramos proyectando la capacidad de analizar lo que ha pasado desde lo que es ético y lo que no. Las conclusiones nos darán elementos suficientes para acusar o liberar de cualquier acusación. Y, además, nos harán mucho mejores a la hora de prescribir orden y concierto en una sociedad, la nuestra, que está en trance de irse al garete. Somos, aunque algunos lo crean perdido, seres humanos dotados para el juicio ético, especialmente dispuestos a darle un valor real que aporte estabilidad.

Ante procesos de destrucción de la política, incremento de la virtualidad de la ética. Ese es el elemento a tener en cuenta para activar mecanismos de defensa, más allá de lo político o de lo judicial, en la puesta en marcha de sociedades virtuosas, si me permiten el término. Todo lo demás, tal y como encontramos ahora el paño, es curiosamente pura entelequia.

Jürgen Habermas hablaba de la ética como de la acción basada en la comunicación entre los involucrados, en la que se discute, se valora y se analiza el interés y la intención de cada acción para que todos puedan llegar a entenderla. Hay un camino hacia ese entendimiento que sirve de aprobación o de rechazo pero, desde luego, me temo que no estamos cerca de conseguirlo.

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