Gerontocracia electoral: ¿es país para viejos?

En Estados Unidos, Donald Trump y Joe Biden destacan en una elección marcada por la gerontocracia y la polarización. ¿Representan a la juventud y a la diversidad en un panorama político estancado?

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Joe Biden, acompañado por Barack y Michelle Obama, saluda a Donald Trump. Fotografía: Pat Benic.

Tras el abandono en la carrera por la candidatura republicana a la Casa Blanca de la joven Nikki Haley, el panorama de los más conservadores se centra principalmente en Donald Trump. Por otro lado, en el ámbito demócrata, Joe Biden progresa adecuadamente entre los suyos para repetir mandato.

La histórica polarización de Estados Unidos constituye uno de esos procesos que limitan el espectro ideológico de los votantes, fomentando unas elecciones que restringen el caudal ideológico y social de la mayoría.

A pesar de esta especie de traba electoral, lo más destacable de esta situación es la edad que tiene cada uno de los candidatos, que, salvando cualquier crítica relacionada con el edadismo, representa un ejemplo de cómo el envejecimiento se percibe como parte integral del poder político.

¿Y desde el punto de vista político, cómo podríamos describir este envejecimiento? ¿Estamos cerca de construir gobiernos desde lo que hemos dado en llamar la gerontocracia, amén de la masculinidad hegemónica, y que no es otra cosa que depositar el poder en nuestros mayores, en teoría más experimentados y con más capacidad para dictar justicia social?

A simple vista, la edad es uno de los pilares que definen el voto de los estadounidenses en este momento de su historia. Y es a través de figuras como Trump o Biden que se seguirá construyendo la política de Estados Unidos y, por extensión, la del mundo que conforman los países miembros de la OTAN y la respuesta frente a aquellos que buscan desafiar la estabilidad relativa establecida por Washington, ya sea a través de la destrucción de fronteras o la alteración de estados.

El ámbito de decisión de cualquier acción política, de cualquier espacio de decisión, del grueso de las leyes, los derechos y deberes de las democracias queda en manos de dos candidatos que superan los setenta años de edad.

Promover esta situación significa también aclimatar el contexto de las estructuras de decisión, donde los votantes apuestan por candidatos mayores que, en teoría, dotarán de estabilidad emocional a la sociedad estadounidense en su conjunto.

Pero, ¿qué es lo que constituye esa sociedad emocional? Podríamos pensar que los electores trazan movimientos de apoyo a sus presidentes de manera global, pero la idiosincrasia de los territorios americanos, de sus Estados, es bien distinta. Frente a la dimensión cosmopolita y de libertades de las dos costas, la fuerza de un conservadurismo feroz de los estados del interior; frente a la masiva propagación de las sociedades plurales, la crítica a la diversificación; frente a la acción de lo permisivo, la fuerza de lo excluyente.

Habría que evaluar si republicanos y demócratas pueden garantizar el desarrollo futuro de sus ciudadanos, de esa población diversa que también tiene sus características especiales en la actitud de una juventud que no se identifica con movimientos emancipatorios o reivindicativos de la libertad. Asimismo, habría que saber si la gerontocracia encarnada por Trump o Biden puede promover avances en el futuro desarrollo de Estados Unidos. Además, tendríamos que analizar si el feminismo, el ecologismo, la configuración de contestaciones transgénero, por poner algunos ejemplos, tienen cabida en el desarrollo de las políticas de la Casa Blanca con estos dos candidatos.

La sociedad emocional no sólo describe un escenario de análisis global, sino que también identifica aspectos futuros y requiere la implementación de actuaciones que involucren movimientos juveniles capaces de alcanzar una identidad plena y desarrollar discursos significativos. La pregunta es si la gerontocracia está preparada para liderar este proceso. Además, surge la preocupación sobre si los votantes no están sufriendo la decisión de votar a uno u otro con la nariz tapada, como ya se está oyendo en algunas voces representativas, en algunos foros de debate.

Esta gerontocracia, con la que concurren ambos candidatos, carece de principios políticos que amplifiquen las voces de la mayoría joven y no ofrece un discurso poderoso sobre políticas sociales que reflejen las inquietudes de sus respectivos territorios. Ahí es donde está el gran problema de la polarización naturalizada de Biden y Trump, en que no representan al votante que vive preocupado por cuestiones que nada tienen que ver con los argumentos que esgrime cada uno de los ellos, viejos argumentos de defensa de intereses apolillados. Y no olvidemos que los análisis coinciden en dotar al ciudadano independiente del poder de formar gobierno.

La gerontocracia es, por tanto, el poder más importante en la mayor democracia del mundo. Su valor cifra el éxito o el fracaso y dispone de todo lo necesario para seguir adelante en los próximos años. Pero olvidando que la sociedad emocional puede hablar en voz alta, insuflar una razón poderosa como crítica a demócratas y republicanos, una denuncia distinguible entre el maremágnum de frases, de discursos, de propuestas de Trump y de Biden.

Y, ojo, porque para ese núcleo de jóvenes, votar demócrata también supone votar a Biden. ¿La gerontocracia obliga?

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