El miedo como arma de destrucción masiva

La violencia desplegada por el grupo extremista ISIS desencadena vulnerabilidad tras el ataque en Moscú, desafiando la estabilidad política y social con su estrategia de terrorismo internacional y sinrazón

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Dolor en Rusia tras el ataque terrorista del ISIS en Krasnogorsk. Foto: Maxim Shipenkov.

La sensación de miedo es uno de los elementos fundamentales para activar mecanismos de defensa. No nos defendemos del otro si no es porque podría interferir en nuestro estado de tranquilidad; no atacamos en defensa de una bandera, de un país o de unos intereses de cualquier tipo, sino que nos ponemos en guardia porque se ha activado en nosotros la sensación poderosa del miedo.

Y el miedo es libre. Se instala como una forma más de sentirnos vivos o de percibir que la vida tiene momentos de autoconocimiento, de autoconsciencia, donde aquello que tememos nos pone en bandeja la posibilidad de sabernos temerosos y, por tanto, vulnerables. De dónde deducir, entonces, que la vulnerabilidad es el signo fundamental de los seres humanos. ¿Y qué sería de nuestra especie si no fuera así?

El último atentado en Moscú, del que se ha hecho responsable el ISIS, sacude las consciencias de los ciudadanos rusos, activa un sentimiento que, posiblemente, tenga una buena dosis de necesidad de venganza, pero se construye desde la sensación del miedo. Y como esta sensación se traslada por el mundo con precipitado interés, occidente empieza a tener miedo.

Habría que preguntarse cuál es la respuesta natural del animal racional que empieza a sentir desde esta perspectiva, y la respuesta podría ser, desde la conciencia de vulnerabilidad, la acción de replegarse, de esconderse, de desaparecer para así no ser reconocido, ni como persona temerosa ni como objetivo del que sabe que lo es.

Pero también tenemos que contar con el que inflige el temor, con una organización como ISIS que vincula sus acciones terroristas para que caigan sobre la población en su naturaleza de debilidad, de vulnerabilidad notable, en lo que cabe destacar que el objetivo del terror es, por su naturaleza, un objetivo garantizado en sus metas. El que ataca está incrementando, no sólo la acción bélica que implicaría una defensa belicista, sino también inoculando la poderosa sensación del terror, ante la que nadie sabe de qué manera defenderse. Y esa es la base fundamental de cada uno de sus atentados.

No es de extrañar que Vladímir Putin necesite ampararse en un posible ataque vinculando a Ucrania para darle naturaleza a la masacre. Entre otras razones, porque Ucrania, en guerra con Rusia, es un enemigo con bandera, con himno y con un ejército reconocible, frente a la dimensión poderosamente religiosa del conocido como Estado Islámico, donde la naturaleza real de sus acciones carece de una estrategia de guerra conocida o en vías de reconocer.

La capacidad del líder ruso para exponer sus acciones defensivas en respuesta a Ucrania es notable. Se reportan bajas, acciones ofensivas, conquistas territoriales, etcétera. Pero ante el último ataque terrorista en Moscú, no hay nada que haga pensar en una guerra convencional para que descanse el discurso belicista del presidente.

Lo que nos lleva a pensar que, ente este acto de terrorismo, Putin queda expuesto a algo tan poderoso como la mirada de una población aterrorizada, que suplica explicaciones ante los más de cien muertos en la sala de conciertos Crocus City Hall. Y no hay nada más poderoso que una mirada de terror dirigida a un líder político que tiene que defender a sus ciudadanos.

La eficacia de cualquier acción del ISIS no tiene discusión. Logra tocar la sensibilidad de los pueblos donde atenta, desatando una ola de terror que amplifica su mensaje y, sobre todo, desestabiliza la acción política en su conjunto. Trío de ases.

El último atentado en tierras rusas nos incita a pensar que el ISIS seguirá planificando un estado de terror generalizado, apoyando sus intervenciones en masacres desarrolladas en Europa y Estados Unidos, con la intención de acabar con la guerra internacional producida por estos países, pero también por la presencia de China en el gran conflicto de intereses. Todo lleva a pensar que su manera de proceder incrementa notablemente el desarrollo de una fuerza potente que activa conciencias de terror, que se apodera del sentimiento de miedo de los ciudadanos y que, por tanto, debilita cualquier opción política. Desmantelar la occidentalización desde el seno de los sentimientos de occidente, desde sus estructuras centrales de acción ciudadana, ese es su principal aliciente.

“Hay horas tan inquietas, se turba tanto el ánimo cuando todas las cosas se muestran a lo lejos como vagos fantasmas”, escribió Novalis.

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