El gran desafio educativo: estamos solos

En “La escuela del alma”, Esquirol reflexiona sobre la educación, critica agendas políticas y comerciales, aboga por una enseñanza sensible y solidaria, y plantea el desafío de guiar el futuro de nuestras generaciones

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Fotograma de la película “Sala de profesores” (2024), del cineasta alemán Ilker Çatak.

En “La escuela del alma”, último libro de Josep Maria Esquirol, publicado por Acantilado en este mes de marzo, el filósofo habla de la educación, del contexto del aula y de la capacidad de aprender y enseñar, de ser un individuo permeable al flujo de conocimiento que se le muestra y activo en la construcción del ser social.

La primera tesis que defiende el libro es aquella que surge de la lección primera del maestro, la que tiene como contenido sólo una frase: “estás solo”, desde la cual ir levantando el enorme edificio del conocimiento.

Ese “estas solo” propone en quien la escucha dos direcciones importantes: La primera, aquella que nos lleva a entender que somos la medida de nuestro presente y de nuestro futuro, que en nuestra soledad estamos anclando la capacidad de pensar el mundo y dar las respuestas que nos va proponiendo, que tenemos una personalidad que hay que explotar; la segunda, que es esa soledad la mejor manera de llegar al otro y que, por tanto, dos soledades construyen un mundo que se interrelaciona para, entre otras cosas, aprehenderlo.

Somos uno y somos sociedad en la misma medida. Estamos solos y, a la vez, estamos con los demás para hacernos fuertes en nuestras soledades y para fortalecer nuestras sociedades.

Por eso es que la primera acción para educar es hacer saber que somos individuos que, con el paso del tiempo y con la dosis necesaria de educación, nos constituimos como seres en comunidad para complementarnos. Eso significa que el maestro, el que educa, da mucha importancia al individuo y vuelca su pedagogía para hacerlo único, con sus peculiaridades, con sus afanes, con su forma de enfrentarse a la dificultad o de saberse victorioso, con su alma. Y una vez configurado este escenario, inicia la labor de argumentar en comunidad.

Pero podemos preguntarnos si estamos en ese punto del contexto educativo, si hemos aprendido la lección desde la pedagogía que ahora venimos desarrollando; o, por el contrario, estamos diseñando propuestas y currículos para dotar al alumno de una herramienta que tiene que ver con el emprendedurismo, con el éxito rápido, con la necesidad de ser eslabón en la gran cadena del capitalismo imperante, con un ser social amparado en el consumo y, desde luego, en el cansancio como estrategia ante los retos sociales futuros. A fuerza de que nos tachen de demagogos, la función real de la educación está siendo la de incrementar el número de individuos preparados para la acción más que para la reacción. No estamos en la idea de ponerlos en la base de la respuesta ante el orden social, sino que somos polos activados en ese mismo orden para amplificarlo. ¿Se construye así, por decirlo en los términos que utiliza Esquirol, una sociedad de almas?

Quizá sea necesario acabar con las burocracias ministeriales, con las estrategias de las consejerías de educación, con las mentes pensantes que crean diseños y recorridos educativos que tiene poco que ver con la construcción de almas y mucho con la de armas, preparando a los futuros exponentes de la sociedad ante el medio que demanda poderosas estructuras dentro de la ambición desmedida y los contextos de la economía.

En esta situación, podemos hablar de una fabricación de la confusión, de un adoctrinamiento que nos lleva a ella, para así utilizar a los nuevos agentes sociales. Estos, que ahora laten en un corazón confuso, inician un tiempo insolidario, irreflexivo, irresponsable, sin nadie que asuma el camino de la solidaridad, de la reflexión, de la responsabilidad social entre individuos educados para saberse almas que, en soledad, construyen comunidad. O con campos preparados para encerrar a los excluidos que hubieran sido educados en estos términos. Algo muy parecido a lo que supuso la desaparición de la española Institución Libre de Enseñanza (ILE) a manos del proceso franquista y la entrega de la educación al clero. Ojo a la posible similitud donde, de un lado queda la sociedad neoliberal y de otro la pedagogía y el aprendizaje para crear sociedades sensibles de salvación intelectual, por decirlo de algún modo.

“La mística de los ojos abiertos”, así define Esquirol a la educación que defiende en su libro. Unos ojos que son capaces de apreciar el valor de una mirada o el contexto en el que los pies reposan. Unos ojos preparados para descrubir, para formular preguntas, para afianzar verdades, para mirar los ojos del otro y ampliar el campo de acción del ver, del sentir, del hacer, del trabajar para crear. No los ojos cerrados que airean sus capacidades limitadas en el acotado mundo de la confusión, de la pereza, de la abulia, en definitiva, de nuestra sociedad de valores.

Nuestros hijos e hijas tiene mucho que aprender para madurar como seres sociales. ¿En qué manos dejarlos para este proceso?

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