Érase una vez… un ministro taurófobo

La transición española de la dictadura a la democracia se refleja, entre otros muchos aspectos, en la actual controversia sobre las tradiciones taurinas y la diversidad emergente en el gobierno de nuestros días

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Ernest Urtasun, ministro de Cultura del Gobierno de España. Fotografía: Juan Carlos Hidalgo.

En los tiempos en que mandaba, y mucho, aquel señor bajito de la voz aflautada, la mayoría de los ministros eran abogados del Estado. Vaya usted a saber por qué, pero en las biografías de aquellos que se sentaban en El Pardo a la vera del dictador, abundaban los profesionales de ese ámbito. Es cierto que en los primeros tiempos del régimen, la pluralidad de los colaboradores de Francisco Franco se limitaba a los militares golpistas, los carlistas y los falangistas, a quienes llamaban azules por el color de la camisa “que tú bordaste en rojo ayer”.

A medida que pasaba el tiempo, se incorporaron los tecnócratas, es decir, los del Opus Dei con cilicio incorporado, los nuevos ricos que “habían hecho las Américas” con la Nueva España y los militares que seguían siendo los principales protagonistas, mientras que a los falangistas, después del Cristo crucificado de la Basílica de Begoña, los liberaron de hacer guardia sobre los luceros, porque algunos de ellos no creían en la fusión con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS).

A medida que se ensanchaban los límites de la libertad y España estrenaba democracia, la diversidad de los oficios de los ministros se fue ampliando. A los abogados del Estado se les unieron médicos, ingenieros, constructores y otras profesionales que posaban encantados en la mesa del Consejo de Ministros, ya sin los representantes de los tres ejércitos, pues las Fuerzas Armadas estaban representadas en todo su esplendor. Si hasta se incorporó al Palacio de La Moncloa —nueva sede de la Presidencia del Gobierno de España— un astronauta de carne y hueso, llevando consigo su cartera de ministro de Ciencia e Innovación. Me refiero al madrileño Pedro Duque.

La contribución de la izquierda transformadora a la nómina de expertos aptos para el cargo ministerial se complementó con una licenciada en Psicología, a quien la extrema derecha se empeñó en degradar a cajera de supermercado, como si esta profesión no fuera igual de digna y respetable que la de abogado del Estado. Además, impusieron un veto para que un vicepresidente no tuviera acceso a los secretos oficiales del país, no fuera que descubriera que a Franco también le gustaba hacerse rico con el dinero de todos los españoles y que su sucesor, ahora emérito, había vendido el Sáhara Occidental a Marruecos por un puñado de lentejas… y algunas otras cositas más.

Ahora, todos lo focos están puestos en el ministro de Cultura, un catalán llamado Ernest Urtasun, quien además de economista es diplomático. Pero, tiene algo que disgusta tanto a los padres de la Patria como a la derechona de toda la vida: al ministro no le gustan los toros. Y eso, para el máximo representante de la cultura de este país es un baldón como la copa de un pino, puesto que no le verán tras la barrera de la Corrida de La Beneficencia o en la Feria de San Isidro ondeando su pañuelo para pedir una oreja para Enrique Ponce. El sueño húmedo de los taurinos sería contemplar a Ernest Urtasun bailando “Paquito el Chocolatero” en el coso de Las Ventas sin sentir el más mínimo ridículo, igual que hiciera la infanta Elena, en unas imágenes que no sólo se hicieron virales, sino que acojonaron al respetable por la falta de pudor de la ya sesentona hija mayor del emérito.

Pues si digo la verdad, a mí me pone la idea de un ministro de Cultura que sea taurófobo, es decir, que no le gusten los toros, porque como dice el eslogan: “La tortura no es arte ni es cultura”. No sé qué puede hacer Urtasun al respecto, pero cualquier gesto que vaya en contra de eso que los más cursis llaman Fiesta nacional me parecerá digno de alabanza y tendrá mi aplauso y mi voto. En cuanto al baile, antes que “Paquito el Chocolatero”, prefiero la danza prima o, si acaso, la sardana, como una forma de honrar el origen territorial del nuevo ministro.

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