Un agujero muy negro en el corazón humano

Aunque el hito científico de fotografiar por primera vez un agujero negro aún resuena, los grandes problemas humanitarios son ignorados como siempre. ¿Dónde está la ética y la solidaridad en la sociedad moderna?

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La cifra para ser parte de la élite de los más ricos es de 2.900 millones de dólares. Ilustración: Joe Morse.

Hace pocos años, no recuerdo exactamente cuántos y podría buscarlo —pero no me quiero entretener mucho—, presentaron a bombo y platillo en Bruselas la primera fotografía de un agujero negro. Al parecer, y no lo discuto, un hito científico técnico fuera de lo normal.

Pero, sin desdeñar un ápice el trabajo de los profesionales que consiguieron dicha gesta, me pregunto, inocente de mí, pústula iletrada e ignorada que patea por un tiempo un lugar del mundo de eso que denominamos planeta Tierra, me inquiero, decía, en la soledad de mi mismidad matinal, por qué los países con posibles no se preocupan también de encontrar, fotografiar, datar y, si es posible, ayudar —salvar— a todas aquellas personas para las que la vida es un verdadero, maldito e inhumano agujero negro justo aquí al lado, a nuestra vera. Esas que pasan la noche entre cartones en cualquier ciudad del orbe o que malviven hacinadas en campos de refugiados o que se juegan la vida en barquitos de papel cruzando mares procelosos o que se mueren de hambre en lugares inhóspitos.

Podríamos poner miles de ejemplos que ya no son noticia en los medios escritos ni audiovisuales o en aquellos otros sitios en los que las guerras —siempre interesadas— han echado raíces por el odio o la estulticia de algunos o que son encarcelados y maltratados por ser homosexuales o por decir lo que piensan sobre esto y lo otro, o…, pongan ustedes los ejemplos que deseen porque los hay a manojitos.

Pues no, habría que preguntarse para qué narices sirve la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ese excelso códice tan ninguneado por todos, hasta el punto de que cada país hace del mismo un papel para limpiarse ciertas partes pudendas cuando van al servicio, en vez de acatarlas al pie de la letra que es lo que corresponde, y me da igual que los mismos sean tirios o troyanos.

¿Por qué somos tan tremendamente inconscientes e inhumanos con nuestros semejantes? Me acuerdo de unos versos de Antonio Machado que dicen: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”.

Y qué ocurre entonces, quiénes son los que no ven. Decía el maestro Emilio Lledó, tan grande en su forma de analizar y de nombrar el mundo, que «la interpretación es una forma esencial de estar en el mundo, la única forma humana, racional, de vivir».

Si no vemos es porque no queremos, porque no sabemos, porque no indagamos, porque no estudiamos, y también porque somos rehenes de ideologías que nos mantienen en el limbo, entretenidos con lo que en la época de los césares romanos llamaban panem et circenses (pan y circo). Y añado yo: “poco pan y mucho circo”.

Y así andamos, faltos de entendimiento y embarrados en la ignorancia, elementos que utilizan con maña los artífices de este maremagno en el que estamos instalados en beneficio de una decena de miles de espabilados.

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