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Si hemos olvidado sentir, ¿en qué pensamos?

La filosofía de Byung-Chul Han señala la urgencia de detener el ritmo frenético de la vida moderna para buscar una conexión más profunda con nuestra sensibilidad sensorial en un mundo digitalizado y deshumanizado

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Retrato del filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han. Fotografía: Inés Baucells.

El alud de pensamiento con el que nos ha llegado la filosofía del surcoreano Byung-Chul Han pone de manifiesto una necesidad de detener el ritmo de nuestros días para iniciar un proceso de búsqueda, no sólo de manera individual, sino también, y sobre todo, desde la mirada atenta a lo colectivo.

Somos una globalidad que tiende a estructuras individualizadas, entre otras cosas, por algo que ya he venido analizando en otros escritos: La sensación de miedo, una fuerte necesidad de protección y, como consecuencia, un alejamiento de aquello que pudiera provocar inestabilidad en la manera particular de entender el mundo. La respuesta es, como se podría suponer, la de excluir, la de atomizar, la de buscar lo que nos aleje de la vulnerabilidad estableciendo espacios seguros. Y esa seguridad pasa por la integración en la defensa del yo por encima del nosotros.

En el libro “La tonalidad del pensamiento” (Paidós, 2024), en el que se reúnen bellamente editadas tres conferencias de Han impartidas en Leipzig, Oporto y Lisboa, se habla de algo que sí me parece destacable dentro de las últimas entregas de la filosofía del surcoreano. Incide especialmente en algo que ya han analizado otros colegas desde la perspectiva de la acción de lo sensorial como herramienta para entender el mundo y entendernos. La capa primigenia de asimilación de las cosas que implica un reconocimiento de los sentidos y, por tanto, una perspectiva analizable desde este reconocimiento, desde esa primera toma de contacto.

En la conferencia ofrecida en Leipzig, Byung-Chul Han nos habla de la música como enlace necesario para el pensamiento. Los conceptos fundamentales que construyen su teoría vienen, nos dice, del impacto de las “Variaciones Goldberg” de Johann Sebastian Bach, donde las tesis musicales que defendía el compositor alemán tienen que ver con la forma de estructurar su filosofía. Es así una muestra de la colonización del pensamiento que se inicia con la capacidad de sentir, esta vez musicalmente, para trascender el sentimiento que provoca la composición de las variaciones. O la aparición, en el fondo de su estructura intelectual, de la asimilación de Schumann con, entre otras, la composición “Amor de poeta”.

Pero también nos habla Han de la importancia de las flores dentro de su espacio de trabajo, unas flores que siempre lo acompañan y que ejemplifican la interacción del ser humano con la naturaleza. De esta asimilación tenemos muchas experiencias dentro del ámbito de la creatividad, pero Han nos habla de esta como de una verdadera teología. En definitiva, otra vía de alcance de la dimensión sensorial que activa los mecanismos de la creación. Las flores y la música ocupan la atención del olfato y del oído para hacerse pensamiento, literatura, música, filosofía, etcétera.

En la segunda conferencia, dispuesta desde la defensa del tacto, Han parte del aislamiento al que nos vimos sometidos por la pandemia para incidir en la soledad y en la búsqueda del lugar seguro. Búsqueda que, en su trayectoria, ha ido alejándonos de la sensación del tacto, tocar al otro como un gesto de saber que existe, de ampliar la sensación de yo y elaborarla desde el tú. La digitalización de las sociedades es otro de los elementos a tener en cuenta cuando hablamos de este alejamiento. La construcción de búnkeres digitales implica alejamiento y anula la intercomunicación, aunque pensemos que somos la sociedad mejor comunicada. Hemos perdido también la sensación de tocarnos para sabernos.

En la tercera conferencia, en la que asume una postura particularmente teológica, Han nos habla de la esperanza como construcción necesaria de la vuelta al humanismo, a la implicación en procesos de cercanía y de conciencia de sociedad, donde analiza conceptos como alegría, regocijo, alborozo, y que piensa que están olvidados por la fuerza de sociedades que no los tienen en cuenta en sus ajustes de futuro.

La festividad, el júbilo, la acción del ser humano cuando se regocija, están excluyéndose de las acciones de nuestra sociedad de manera frenética, destacando, así, una capacidad que podríamos llamar digital y que determina el comportamiento de los hombres y mujeres en que nos hemos convertido. En definitiva, seres alejados de lo sensorial y enfocados hacia una digitalización ajena a los sentidos que permitan construir un mundo a la medida de todos estos conceptos en trance de desaparecer.

La música, las flores, la caricia, el tacto, la pasión que despierta un olor; en definitiva, toda la carga sensible del mundo que estamos dejando de lado para implicarnos en la defensa de la digitalización y, como último exponente destacable, la Inteligencia Artificial. Estamos sometiendo nuestra estructura mental a un espacio limitado donde no concurre la sensibilidad que, recordemos, es la base no sólo de la literatura, la música, la pintura, la creación en general, sino el sustento de lo que dimos en llamar ser humano. Los aprendizajes deberían encaminarse a potenciar unas capacidades que estamos atrofiando con la búsqueda de nuevas aportaciones en el mundo digital que no concurren para demostrar el olor de una rosa, el de la hierba cortada en las primeras horas del día, la fuerza emotiva de un abrazo, una lágrima provocada por un do sostenido. Pensamos, si es que lo hacemos, sin la capacidad de sentir.

Vayamos a la fiesta provistos y prevenidos, y hagamos el ruido necesario para que todas y todos acudan a acompañarnos.

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