ADN alemán: Impacto en la relación con Israel

El apoyo de Alemania al Estado de Israel, en apariencia vinculado al Holocausto, revela un autoritarismo arraigado, evidente en su política exterior, xenofobia y represión, reflejando un ADN político intrínseco

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Reichsbürger es un grupo radical que rechaza la democracia alemana. Fotografía: Hendrik Schmidt.

Siempre pensé que el apoyo inquebrantable y acrítico de Alemania a Israel estaba vinculado con el genocidio nazi y una especie de complejo de culpa de los descendientes germanos por haber perpetrado el Holocausto, sin demasiada crítica a los hechos de aquel tiempo. Sin embargo, los acontecimientos recientes me han demostrado que no se trata simplemente de un arrepentimiento por la crueldad de sus predecesores. El autoritarismo alemán parece formar parte de su ADN, manifestándose como una mezcla de pensamiento clasista y racismo subrepticio, como lo evidencia su rechazo a cualquier vínculo con el reconocimiento de los dos Estados en Oriente Próximo, así como su xenofobia hacia inmigrantes musulmanes y turcos.

La relación de Alemania con Israel es sólida, hasta el punto de que ha criticado duramente a Sudáfrica por llevar a Tel Aviv a la Corte Penal Internacional (CPI) y ha protestado enérgicamente contra la acusación de genocidio. Esto parece más una muestra de insensibilidad hacia la muerte de niños y civiles palestinos que una postura política basada en aspectos diplomáticos y geopolíticos que conforman la idiosincrasia de un país.

Además, el Gobierno alemán, a través de su ministra del Interior, Nancy Faeser, ha prohibido organizaciones propalestinas en Alemania y ha deplorado las simpatías de muchos residentes en el país por Hamás, tildando a esas personas de antisemitas. Esto contribuye a la confusión intencionada de muchos al equiparar el antisemitismo con el antisionismo, a pesar de que los propios palestinos, como semitas, difícilmente podrían ser antisemitas.

Otro ejemplo de discriminación hacia los musulmanes radica en la exigencia de que los extranjeros de esa región geográfica reconozcan a Israel y demuestren que no sienten aversión por los judíos o por el establecimiento de un Estado para ese pueblo como requisito para obtener la nacionalidad alemana. Esto no ocurre en otros casos de examen para obtener la ciudadanía germana.

Resulta curioso que el tripartito supuestamente de centro-izquierda en Alemania sea el más seguidista de la política imperialista de Israel, sin importar cuál sea su acción militar en la Franja de Gaza. Aunque Angela Merkel haya mantenido una estrecha relación con Tel Aviv, nunca había mostrado tanto entusiasmo por la expansión bélica del Gobierno de Netanyahu ni había tratado de boicotear cualquier medida destinada a poner fin a la muerte de niños palestinos asesinados por las bombas sionistas. Los representantes de Los Verdes, que sorprenden por su ardor guerrero, junto con el Partido Liberal, arrinconan a los socialdemócratas de Olaf Scholz, quien parece incapaz de imponer sus propuestas a pesar de ser el partido mayoritario de la coalición.

Por otra parte, no es casual que en ese país, Alternativa para Alemania, es decir, la extrema derecha que se nutre de las glorias del nazismo, goce de tanta simpatía entre los teutones y obtenga porcentajes de respaldo en las urnas que sorprenden a los analistas políticos. Si bien es cierto que la ultraderecha está presente en toda Europa, logrando cifras de votos demasiado elevadas, también es verdad que Alternativa para Alemania, junto con el Frente Nacional francés, son pioneros en este tipo de apoyo al fascismo.

Aunque en la legislación alemana está penada la apología de Adolf Hitler y del nazismo, los ultraderechistas saben cómo sortear esas prohibiciones con cierta inteligencia, y todo el mundo sabe, desde Berlín hasta Colonia, que Alternativa para Alemania bebe del mismo rencor antieuropeo que el régimen nacido de la victoria en las urnas del Partido Nacional Socialista en la década de los años treinta del pasado siglo.

Es por eso por lo que a nadie ha sorprendido que el grupo ultra Reichsbürger, liderado por un aristócrata de poca monta como el príncipe Heinrich XIII, esté siendo juzgado en el país por un supuesto intento de golpe de estado para revivir los viejos tiempos de los camisas pardas. El hecho de que hayan intentado llevarlo a cabo y de que contaran con un amplio seguimiento en determinadas zonas del país es bastante sintomático de lo que decía: del ADN de Alemania.

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