Forjando mi destino en una realidad fabricada

La desconfianza en los medios de comunicación de masas y las redes sociales manipuladoras lleva al individuo crítico a cuestionar y confrontar la realidad impuesta en un entorno de poder y manipulación

3 min de lectura
Don Quijote se enfrenta con gigantes que encarnan la maldad y el engaño. Ilustración de archivo.

Me desconcierta leer la prensa cuando viene empaquetada, ya sea diaria o semanalmente. También escuchar o ver los informativos audiovisuales. Con respecto a los contenidos de las siempre tendenciosas y manipuladoras redes sociales, ni hablemos. La realidad que observo y que imagino ―aunque como es lógico siempre será subjetiva―, nada tiene que ver con la que cuentan los mencionados “medios”. No sé si me he salido de la rueda de la comprensión establecida. No lo sé, sinceramente. Pero me resulta difícil, cada día más, poder ajustar mi pensamiento a los cánones de entendimiento al uso ―esos que han sido definidos al milímetro en algún lugar, por los de siempre, con algún conchabeo de mesa camilla o un algoritmo ideado ex profeso―, o es que me he vuelto definitivamente majareta o siempre lo estuve, que podría ser cierto. El caso es que, ya no estoy para relatos elaborados en las cocinas del poder: ni las de unos ni las de otros.

Soy muy aficionado a leer en sentido genérico, y muy especialmente novelas y cuentos. Ficción, vamos. Pero, en estos menesteres, siempre soy yo el que elige al autor y el género en cada momento, que para eso indago, averiguo o desecho en su caso…, lo que estudio de forma persistente desde hace un montón de años: cincuenta y cinco para ser exactos ―desde que vine a cumplir trece años, que fue cuando encaré mi primer texto―. Y puede ser, pudiera, itero, que como el Quijote de Cervantes esté viendo monstruos gigantes donde algunos dicen que hay molinos que procesan trigo, por poner un solo ejemplo. Pero, de sobra sé que la tal cosa no es cierta, no. Al menos a mi humilde entender. Todo a nuestro alrededor es una lucha mezquina por el ejercicio del poder y con unas consecuencias a veces cercanas al horror, al espanto. Asuntos emparentados con el patetismo y la tragedia más degradantes, que, además, suponen un flagrante atentado contra los derechos inalienables del ser humano, que, como sociedades civilizadas, dicen, estamos consintiendo de facto: por la fuerza de los hechos.

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