jueves, 24 de septiembre de 2020

Andrés Vijande y el hilo de Ariadna.

En la imagen, Andrés Vijande con Amy en su taller de trabajo. Fotografía: Pablo Puente.

Jamás encontraremos consuelo en el engaño. La eufonía discursiva de Aldous Huxley se corresponde con los desastres del mundo moderno: una sociedad maquinal, sin alma. Quizá esta interpretación resulte dantesca, y la alegoría platónica pueda elucidar la disociación entre el sentido y la sensibilidad. Quizá, aquella tierra de penumbra represente el punto de partida acertado, porque una visión de “nube” puede procurar al “viajero” la emoción de descubrir otros universos cuasi fosfénicos. Dicen que las obras que conforman la etapa negra de Goya fueron pintadas sobre imágenes campestres de tono alegre; crónicas pictóricas subterráneas, un mundo dentro de un mundo, realidades interconectadas…

La contemplación prolongada de cualquier óleo de Andrés Vijande abre “las puertas de la percepción”: para ello el espectador ha de diluirse con los paisajes licuados del artista gijonés. Una expedición sin límites, insondable; el regreso de Teseo después de recuperar su sentimiento yoico, contención básica de angustias y frustraciones, inquietudes del alma que se desvanecen tras aceptar la levedad. Da la impresión de que Vijande constata en sus lienzos, como lo hiciera tiempo atrás William Turner, la insignificancia humana frente a la portentosa naturaleza, la vida como sueño brumoso.

¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción… El soliloquio de Segismundo, fuente de inspiración para Schopenhauer, bien podría haber dejado su impronta onírica en la trayectoria de Vijande, cuya “realidad” desleída en una cánula comunicante empata la abstracción con el hiperrealismo, desdibujando la certeza de posicionarse en una u otra práctica estilística. La agitación del “vagamundo” creativo reside en navegar en la neblina, sin un rumbo definido.

La necesidad de olvidar aparenta tomar forma en los cuadros de este pintor singular, fragmentos del pasado aprehendidos y que parecen disolverse; porque la acumulación innecesaria de recuerdos aboca a la aflicción, la melancolía puede ser deleite, pero en exceso daña. En definitiva, pasajes en los que el autor vuelca experiencias que revisitar en un futuro, sin la necesidad de lastrarse en ellas.

Texto: Xosé Mon González.

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