Angela Merkel cede, Europa respira.

Angela Merkel advierte del peligro de acabar con la ONU a pesar de no ser perfecta. Fotografía: Michele Tantussi.

Los países del norte de la Unión Europea afrontan sus problemas más complejos con los mimbres que les facilita el legado de su cultura luterana y que marcan su actividad política y personal desde que la Reforma se impuso en esas naciones hace más de cinco siglos. Eso y la falta de luz que caracteriza a esa zona del continente son los factores que singularizan a las democracias más septentrionales.

Los elementos destacados de esta influencia protestante son tres: un individualismo exacerbado, posiblemente porque socializan poco y los que beben, abrevan como neuróticos en sus propios domicilios hasta desmayar, sin bares que les hagan más felices; un determinismo brutal, propio de la máxima luterana de que todos tenemos un destino marcado y no nos podemos desviar de él, y un amor descontrolado por el ahorro y la seguridad personal falto de empatía que les empuja a no tener más dios que el dinero y más profeta que el mercado.

Por eso en todas las crisis sociales y económicas han actuado de una manera mimética, con su idea de desarrollar hasta el infinito la fábula de la cigarra y la hormiga, en la que desprecian a los más vulnerables y se jactan de practicar una meritocracia de desigualdad en la que no todos tienen las mismas oportunidades, sobre todo, si son incapaces de superar los problemas. Actuaron así en la estafa económica de 2008 y pretendían hacerlo también en esta pandemia de COVID-19, hasta que se dieron cuenta de que si tiraban demasiado de la cuerda podrían romperla.

Al comprobar cómo los países del Sur pobre se rebelaban contra la tiranía del “¡sálvese quien pueda!” desestimaron su teoría de que la insolidaridad es el mejor de los recursos y optaron por la vía de la cesión ante la posibilidad de que toda la Unión Europea se fuera al carajo. Al igual que el coitus interruptus puede acabar con las parejas, la austeridad podría poner punto final a la comunidad económica europea… Por ello abrazaron el acuerdo final, como esos blasfemos que reclaman la extremaunción cuando están en el lecho de muerte, ante la posibilidad, lejana, pero real, de que existan cielo e infierno.

Parece que España y sobre todo Italia, estaban dispuestas a llegar hasta el final si no veían signos de comprensión entre la familia luterana y esa composición de lugar fue la que obligó a la canciller alemana, Angela Merkel, a tomar nota y terminar cediendo, después de obligar a Holanda, subsidiaria del país germano, a seguir el mismo camino.

El Norte cedió y Europa respira aliviada ante una discusión tan polarizada que no hacía presagiar nada bueno al futuro de este matrimonio de conveniencia. Pese al disgusto de los conservadores de medio continente y, especialmente a nuestros derechistas patrios, que esperaban con ansia que Angela Merkel metiera en cintura al “presidente ilegítimo”, la UE se salvó de la quema y puede proseguir su labor más cohesionada y menos dividida. No sé si por convicción o por la campana, nos hemos salvado de una hecatombe política. De momento.

Texto: Vicente Bernaldo de Quirós.

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